Todos deberíamos ser feministas

Tengo dos hijas pequeñas que ambicionan la golosa posición de “encargada de la clase”. Afortunadamente, el género no es un impedimento en su colegio. Pero eso no ha sido siempre así.

Chimamanda Ngozi Adichie, autora nigeriana, cuenta su propia experiencia en el siguiente fragmento de su ensayo Todos deberíamos ser feministas (con el que pretendo engancharos para que lo leáis entero, cosa que podéis hacer en más o menos media hora).

En muchos detalles (incluso en el occidente) la vida sigue funcionando en base al privilegio masculino, si bien en versiones más sutiles, o camufladas con razonamientos (pseudo)teológicos. Por eso sigue siendo un tema candente, y sinceramente, Chimamanda es una de las voces más entrañables, sensatas y claras que he escuchado.

Cuento ahora una historia de mi infancia.

Cuando yo era estudiante de primaria en Snukka, una ciudad universitaria del sudeste de Nigeria, mi profesora nos dijo al empezar el trimestre que nos iba a poner un examen y que el que sacara la nota más alta sería el monitor de la clase. Ser el monitor de la clase no era moco de pavo. Si eras el monitor de la clase, todos los días apuntabas los nombres de quienes alborotaban, lo cual ya implicaba de por sí un poder embriagador, pero es que además mi profesora te daba una vara para que la llevaras en la mano mientras recorrías el aula y patrullabas la clase en busca de alborotadores. Por supuesto, no se te permitía usar la vara. Para una niña de nueve años como yo, sin embargo, era una perspectiva emocionante. Yo tenía muchas ganas de ser monitora de la clase. Y saqué la nota más alta del examen.

Y entonces, para mi sorpresa, mi profesora dijo que el monitor tenía que ser un chico. Se le había pasado por alto aclararlo antes; había dado por sentado que era obvio. La segunda mejor nota del examen la había sacado un niño. Y el monitor sería él.

Lo más interesante del caso es que aquel niño era una criatura dulce y amable que no tenía interés alguno en patrullar la clase con un palo. Yo, sin embargo, me moría de ganas.

Pero yo era mujer y él era hombre, o sea que el monitor de la clase fue él.

Nunca he olvidado aquel incidente.

Si hacemos algo una y otra vez, acaba siendo normal. Si vemos la misma cosa una y otra vez, acaba siendo normal. Si solo los chicos llegan a monitores de clase, al final llegará el momento en que pensemos, aunque sea de forma inconsciente, que el monitor de la clase tiene que ser un chico.

Chimamanda Ngozi Adichie, Todos deberíamos ser feministas

todos deberiamos de ser feministas

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