I Pour Out My Complaint

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A few days ago The Gospel Coalition shared a podcast called “What Your Grumbling Says About God“, based on 1 Thessalonians 5:18. The pull quote said:

“If the Lord is entirely sovereign (which he is), and if he is always good to you in Christ (which he is), well then, when we grumble and complain in any circumstance, we’re actually denying God’s involved. Denying that he’s being good. And who do we think we’re grumbling and complaining against?”  

There were a lot of reactions to this, most of them asking how Scriptures like Job, the Psalms or Lamentations fit in such a categorical statement. 

The subject brought to mind a book I read not too long ago, The God I Don’t Understand, by Christopher J. H. Wright. One of the themes he talked about was the importance of lament. We have a tendency to think that faith is expressed by stoicism in the face of suffering, since “everything comes from the Lord”. Like the author of the podcast, we think that complaining, in any circumstances, is denying God’s goodness. But this is a burden that God does not place on our shoulders. Wright had some helpful things to say on this subject:

“In the Bible, which we believe is God’s Word, such that what we find in it is what God wished to be there, there is plenty of lament, protest, anger, and baffled questions. The point we should notice (possibly to our surprise) is that it is all hurled at God, not by his enemies, but by those who loved and trusted him most. It seems, indeed, that it is precisely those who have the closest relationship with God who feel most at liberty to pour out their pain and protest to God – without fear of reproach. Lament is not only allowed in the Bible; it is modeled for us in abundance. God seems to want to give us as many words with which to fill in our complaint forms as to write our thank-you notes. Perhaps this is because whatever amount of lament the world causes us to express is a drop in the ocean compared to the grief in the heart of God himself at the totality of suffering that only God can comprehend…

It surely cannot be accidental that in the divinely inspired book of Psalms there are more Psalms of lament and anguish than of joy and thanksgiving. These are words that God has actually given us. God has allowed them a prominent place in His authorized songbook. We need to find both forms of worship in abundance as we live in this wonderful, terrible world.

I feel that the language of lament is seriously neglected in the church. Many Christians seem to feel that somehow it can’t be right to complain to God in the context of corporate worship when we should all feel happy. There is an implicit pressure to stifle our real feelings because we are urged, by pious merchants of emotional denial, that we ought to have “faith” (as if the moaning psalmists didn’t). So we end up giving external voice to pretended emotions we do not really feel, while hiding the real emotions we are struggling with deep inside. Going to worship can become an exercise in pretense and concealment, neither of which can possibly be conducive for a real encounter with God. So, in reaction to some appalling disaster or tragedy, rather than cry out our true feelings to God, we prefer other ways of responding to it.

It’s all part of God’s curse on the earth.

It’s God’s judgment.

It’s meant for a warning.

It’s ultimately for our own good.

God is sovereign so that must make it all OK in the end.

But our suffering friends in the Bible didn’t choose that way. They simply cry out in pain and protest against God – precisely because they know God. Their protest is born out of the jarring contrast between what they know and what they see.”[1]

In this dysfunctional and painful world, we express our faith not by suppressing pain, feigning contentment, or trying understand everything, but by taking our lament before the presence of God – as the psalmists, prophets and other saints before us – while we await the dawn of the Day of justice.

Pour out your heart before him (Psalm 62:8)

Cast all your anxiety on him (1 Peter 5:7)

[1] Christopher J. H. Wright, The God I Don’t Understand (Zondervan 2008), pp. 49-52

A fitting prayer:

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Expondré mi queja

el dios que no entiendo

Este fue mi primer encuentro con Christopher Wright (¡no será el último!).  El alcance del libro me sorprendió; si el título me sugería que abordaría los temas del mal y el sufrimiento (y lo hizo), no esperaba que incluyera otros, como la cruz – evento que tampoco alcanzamos a entender.

Otro de los temas que trata, el que yo quería destacar, es la importancia del lamento. Solemos pensar que debemos aceptar todo con valor estoico, porque todo “viene del Señor”. Condenamos la queja como una falta de fe, o una falta de contentamiento. Sin embargo, como señala Christopher Wright:

“En la Biblia, la cual creemos que es la Palabra de Dios, de manera que lo que encontramos en ella es lo que Dios quiere que esté allí, hay muchos lamentos, protestas, disgustos y preguntas desconcertantes. El asunto que debemos notar (posiblemente para sorpresa nuestra) es que todo esto no lo lanzan a Dios sus enemigos sino personas que lo aman y confían más en él. Parece, de hecho, que son precisamente aquellos que tienen una relación más estrecha con Dios quienes se sienten con mayor libertad para derramar su dolor y protesta ante Dios sin temor al reproche. El lamento no solo se permite en la Biblia, sino que se modela para nosotros en abundancia…

Seguramente no puede ser accidental que en el libro divinamente inspirado de los Salmos haya más salmos de lamento y de angustia que de gozo y acción de gracias. Estas son palabras que de hecho Dios nos ha dado. Dios le ha otorgado un lugar prominente a este autorizado libro de cánticos. Necesitamos ambas formas de adoración en abundancia mientras vivimos en este mundo maravilloso y terrible.

Siento que el lenguaje del lamento está seriamente desatendido en la iglesia. Muchos cristianos parecen sentir de alguna manera que no puede ser correcto quejarse ante Dios en el contexto de la adoración colectiva, cuando todos deberíamos sentirnos felices. Hay una presión implícita para asfixiar nuestros sentimientos reales porque estamos urgidos, por piadosos mercaderes de la negación emocional, a tener “fe” (como si el salmista que se lamenta no la tuviera). Así que terminamos vociferando pretendidas emociones que no sentimos, mientras escondemos en lo profundo las emociones reales con las que luchamos. Ir a adorar se puede convertir en un ejercicio de fingimiento y disimulo, ninguno de los cuales puede conducir a un encuentro real con Dios. De tal modo que, como reacción a alguna espantosa tragedia o desastre, en lugar de gritar nuestros verdaderos sentimientos hacia Dios, preferimos otras maneras de responder a este.

“Todo es parte de la maldición de Dios sobre la tierra.”

“Es castigo de Dios.”

“Esto significa una advertencia.”

“Esto es en última instancia para nuestro bien.”

“Dios es soberano, así que tiene que hacerlo todo bien al final.”

Pero nuestros amigos que sufren en la Biblia no tomaron ese camino. Clamaron en dolor y protesta contra Dios… precisamente porque conocían a Dios. Su protesta nace del irritante contraste entre aquello que saben y lo que ven.” [1]

En este mundo disfuncional y desgarrador expresamos nuestra fe, no reprimiendo nuestro dolor, ni fingiendo contentamiento, ni buscándole el sentido a todo, sino llevando nuestro lamento ante el rostro de Dios – igual que los salmistas, profetas y demás santos que nos precedieron – hasta que despunte el Día de justicia. 

Derramad delante de él vuestro corazón (Salmo 62:8)

Echando toda vuestra ansiedad sobre él (1 Pedro 5:7)


[1] Christopher J. H. Wright, El Dios que no entiendo (Editorial Vida 2010), pp. 52-55

Reposando del día de reposo

Por Delina Pryce McPhaull, publicado en Christianity Today como Giving Sabbath a Rest, 11 de octubre, 2018. Traducido y publicado con permiso.

Yo me crie en una religión sabataria en la que observábamos el día de reposo como cuestión de ley. Mi comunidad religiosa estaba pendiente del momento de la puesta de sol el viernes por la tarde. Nos asegurábamos de que ese momento no nos pillase en el trabajo o el supermercado. Se esperaba que hiciésemos todo el esfuerzo posible para garantizar que estuviésemos adecuadamente preparados para descansar de las labores físicas. Nuestros hogares y coches estaban limpios, los recados hechos, y la comida preparada. Había quienes planchaban su ropa de vestir para ir a la iglesia el día siguiente. Como niña, recuerdo cómo  sacaba brillo a mis zapatos negros de charol con Vaselina y un poco de papel de cocina. Cuando caía el ocaso, “dábamos la bienvenida al día de reposo” con adoración – canciones, Escritura, y oración – marcando el comienzo de 24 horas sagradas.

Se nos recordaba constantemente lo que dice Juan 14:15: “Si me amáis, guardad mis mandamientos” (RVR1960). Esto lo interpretábamos como: “Si amáis a Dios, guardad los Diez Mandamientos”. Guardar el día de reposo es el cuarto mandamiento, lo cual significaba que si no hacías lo posible por guardarlo, estabas demostrando a Dios, a ti mismo, y a tu comunidad lo poco que le amabas. Esta mentalidad no traía descanso. De hecho, el día de reposo era agotador para la conciencia.

Mi crianza, en resumen, me enseñó a realizar esfuerzos para mi salvación. Sabía lo que era preguntarme si daría la talla y llegaría por fin al cielo. ¿Me estaba esforzando lo suficiente? ¿Podía esforzarme más? Creía que mi destino eterno pendía sobre mis respuestas a estas preguntas.

Luchando con el reposo

Estaba convencida de que la manera particular en que celebraba el día de reposo era un requisito para ganar el favor de Dios. Sin embargo, al final de mi década de los 20, Dios empezó a mostrarme que su amor, cuidado y diseño para mi vida no tenían nada que ver con mis esfuerzos en guardar la ley. Comencé a creer en la gracia y a soltar esa relación con Dios basada en mis logros.

Pero el día de reposo seguía siendo para mí un obstáculo para confiar plena y solamente en Jesús para mi salvación. También se había convertido en una fuente de orgullo. Ignorando la admonición de Colosenses 2, yo juzgaba la fidelidad y la posición de otros ante Dios basándome en su observación del día de reposo.

“¿Y si te dijera que tienes que soltar justo aquello que creías que tenías que retener? ¿Confiarás en mí?” Estas palabras del artista góspel Donnie McClurkin en su canción “Confiaré en ti, Señor” resonaron en mi oído. Para empezar a confiar plenamente en Dios, tenía que soltar mi red de seguridad espiritual. La ley me había guiado a Cristo, y ahora necesitaba vivir por el Espíritu.

Y fue entonces que experimenté el reposo: un reposo que nada tenía que ver con un día concreto o un paréntesis en mi rutina.

Cuanto más me fui alejando de la teología sabataria, menos convencida estaba que los cristianos estemos obligados a apartar un día para el reposo. Sin embargo, no tenía que buscar mucho para encontrar un libro, artículo o sermón intentando persuadirme de que la cura para un corazón afanado es una evasión sabática del trabajo, las tareas y la tecnología. Según una encuesta del 2016, un 62 por ciento de los norteamericanos siguen pensando que “es importante para la sociedad apartar un día de la semana para el reposo espiritual”.

Pero para mí no tenía sentido que se pudiera guardar la ley sin ser legalista. Y dudaba si una versión más aguada de observancia fuera lo mío. A veces lo mejor para un adicto es renunciar de golpe.

El día de reposo como sombra

Existen cuatro perspectivas principales respecto al día de reposo. Tres de ellas lo entienden como una función del tiempo atribuyendo sentido bíblico al sábado o al domingo, o simplemente enfatizando el principio del descanso semanal. La cuarta perspectiva entiende el mandamiento del día de reposo como cumplido en Cristo.

Cuando miramos el Antiguo Testamento a través de las lentes del Nuevo Testamento, una y otra vez vemos como los sacrificios, las fiestas, los rituales e incluso personas como Moisés señalaban hacia adelante a Jesús. Los israelitas, por ejemplo, tenían el maná milagroso, real y físico, del que dependían para sobrevivir. Generaciones más tarde, al haberse transmitido la historia, quienes escucharon a Jesús describirse como “el verdadero pan del cielo” y el “pan de vida” entendieron la referencia. El Verbo se hizo carne.

El día de reposo no es una excepción a este patrón.

“Jesús vino a dar cuerpo al significado pleno de la ley”, dice Craig Blomberg, profesor eminente del Nuevo Testamento en Denver Seminary. “Lo que más destaca para mí con diferencia en el capítulo 11 (de Mateo) es que él es quien otorga reposo. Lo otorga no porque hagamos algo diferente un día concreto de la semana. Lo otorga en la medida en que acudimos a él 24/7”.

Me siento identificada con la idea de un reposo sabático a través de la fe en Jesús, descrito en Hebreos 3 y 4, y el reposo en Jesús que auguraba el día de reposo del Antiguo Testamento, mencionado en Colosenses 2. Durante más de 30 años, mi semana estaba enmarcada por “el día de reposo”. Observarlo era algo innegociable en nuestra comunidad religiosa. Ya que las compras, el trabajo, el estudio, los eventos deportivos (¡y más!) estaban prohibidos, tenía la marcada sensación de haberme detenido en el tiempo mientras el resto del mundo giraba fuera de mi burbuja. El día de reposo era más que un día, era un aura. Había vistas, sonidos y olores asociados con este tiempo sagrado. Era lo que el académico judío Abraham Joshua Heschel llamó “un palacio en el tiempo”. Puedo entender que haya quienes se sienten atraídos por las prácticas del día de reposo.

Sin embargo, yo conocía bien el trabajo que llevaba prepararse para descansar. Sabía por experiencia que un día semanal de reposo no eliminaría la hiperactividad, la adicción al trabajo, ni un corazón intranquilo. La cura para esas cosas es descansar en Jesús. ¿Qué podría haber más dulce que tener “un palacio en el tiempo” cada semana? ¡Vivir en ese palacio de continuo! Eso es lo que significa descansar en Jesús. Para mí, ya no se trataba de un día. Se trataba de soltar la sombra para experimentar la realidad. Jesús era el oasis de reposo en medio de la locura sin tregua a mi alrededor.

Lo que significa en realidad el reposo

Seas quién seas, experimentarás cargas pesadas y ánimo cansado. Ya sea una carga económica, opresión racial o religiosa, mala salud o un cuerpo con dolencias crónicas, o incluso todo eso a la vez, la prueba llamará a tu puerta. Es precisamente en medio de nuestro cansancio que Jesús nos ofrece su yugo – la oportunidad de amarrarnos a él.

“El reposo en la eternidad será libertad del sufrimiento y libertad de la prueba. El reposo en esta vida quizá no sea siempre eso” – dice Blomberg. – “De hecho, quizá con más frecuencia no lo sea, sino un sentido de la presencia de Dios, de su guía, apoyo, fortalecimiento y sabiduría, incluso mientras el Hades mismo se desate a nuestro alrededor”.

Cuando descansamos en él, no tenemos que proteger nuestra reputación como “buenas personas” o fingir que lo tenemos todo organizado. El verdadero reposo produce humildad y una postura de franqueza, crecimiento y gracia. Al reposar, nos negamos a aceptar la mentira de que Dios nos retiene cosas – un hijo, una promoción, una cura – por algo que hicimos en el pasado. Nos negamos a creer que nuestros problemas son el resultado de no haber orado lo suficiente o de manera adecuada.

Para mí, el reposo sabático ahora significa actuar desde el conocimiento de que soy aceptada y perdonada. Es confianza en el amor de Dios, en su protección y dirección. Esta clase de seguridad no puede ser conjurada o fabricada por obras. Es un regalo – que a menudo se me tiene que recordar que poseo, pero a fin de cuentas un regalo.

Los seguidores de Jesús, guardemos o no un día sagrado, hemos de definir el día de reposo principalmente como el reposo en Jesús. Cualquiera puede tomarse un día libre. Nosotros tenemos el privilegio de experimentar la encarnación del día de reposo. No nos lo perdamos.

Delina Pryce McPhaull es editora y autora freelance. Vive en una zona rural de Texas con su marido, hijos y gallinas. Conecta con ella a través de Instagram, Facebook o su blog.

Pensando críticamente

Pensar de manera crítica es un ejercicio vital para el crecimiento personal y el impedimento del abuso espiritual. Pero nadie lo trae de serie; es algo que tenemos que aprender y cultivar.

A continuación os ofrezco un extracto del artículo, “Una perspectiva bíblica sobre la autoridad espiritual y el pensamiento crítico” (por Steven Smith), que bien podría servirnos de lista de resoluciones para el año nuevo:

“¿Cómo puede un cristiano desarrollar la habilidad del pensamiento crítico? Os propongo diez pasos que me gustaría haber seguido:

  • Orar pidiendo el Espíritu de sabiduría (Santiago 1:5-8)
  • Buscar encuentros con personas y perspectivas diversas. Viajar. Escuchar mensajes de otros predicadores y maestros. Cultivar amistades fuera del círculo de nuestra iglesia local.
  • La serie de Zondervan, Counterpoint (Contrapuntos), ofrece una forma excelente de estudiar cuestiones teológicas peliagudas. Un académico en representación de cada posición principal presenta sus argumentos sobre un tema específico, y otros académicos interaccionan con su tesis.
  • Aprender a dialogar en lugar de bloquearnos ante el primer indicio de una diferencia.
  • Educarnos sobre el mundo en general. Leer periódicos extranjeros. Suscribir a un blog (o a diez). Pensar ‘fuera de la caja’.
  • Aprender a pensar es como entrenar para un evento atlético. Hay que encontrar ‘entrenadores’ que nos estiren, nos tonifiquen, nos ejerciten. A mí, Ravi Zacharias siempre me ayuda a pensar con más claridad (su página web está aquí).
  • No idolatrar a ningún hombre ni mujer. Respectar y admirar sí, pero no colocar a nadie en un pedestal excepto Dios.
  • Hacer teología en comunidad. Por supuesto, conversar sobre temas espirituales en nuestra propia iglesia local, pero también entablar conversaciones con la Iglesia universal y la Iglesia histórica. Existen (y han existido) cristianos sabios por todo el mundo con pensamientos buenos sobre Dios, otras personas, y sí mismos.
  • Abrazar el misterio y extender gracia para el ‘gris’ de los asuntos discutibles. No toda cuestión teológica es crucial para la salvación. En serio. Como dice uno de mis profesores de seminario, el cielo será como el papel roto: se rompe de manera desigual. Nos sorprenderá descubrir quién consiguió entrar… y aún más quién está ausente.
  • Relajarnos. Disfrutar siendo parte del Cuerpo de Cristo, y ser lo suficientemente humildes como para recibir de otras personas, incluso de las que no pertenecen a nuestra iglesia o denominación. Si el templo de Salomón no podía contener toda la presencia de Dios, tampoco lo puede nuestra pequeña iglesia.”

Epifanía

Si nos propusiéramos describir a Dios, quizá escogeríamos palabras como sublime, todopoderoso o santo. Otros sin duda optarían por palabras como ausente, arbitrario o ficticio. En cualquier caso, las que seguramente nadie asociaría con la divinidad serían palabras como vulnerabilidad, abatimiento o dolor.

Y sin embargo en estas fechas la tradición cristiana celebra precisamente eso. Un Dios materializado en carne y hueso. Un Creador presente como criatura. Experimentando con nosotros las visicitudes, las limitaciones, el duelo humano.

Cuando el profeta Isaías ahondó su vista en las nieblas del futuro para ver algo del gran evento, retrató así al Mesías: “Varón de dolores y experimentado en aflicción…ciertamente El llevó nuestras enfermedades, y cargó con nuestros dolores”.

¡Feliz domingo de Epifanía a todos! Y si no eres creyente, ten cuidado porque nunca se sabe de lo que es capaz un Dios tan involucrado y tan desconcertante, cualquier día de estos te sorprende y te conquista el corazón 🙂

¿Silencio?

Hay palabras en las Escrituras que han recibido un trato muy interesante de sus traductores, sobre todo en lo relacionado a la mujer. Un ejemplo.

HESUCHIA, palabra griega que aparece en las siguientes citas del Nuevo Testamento:

2 Tesalonicenses 3:12

A tales personas les ordenamos y exhortamos en el Señor Jesucristo, que trabajando TRANQUILAMENTE, coman su propio pan (LBLA)
A los tales mandamos y exhortamos por nuestro Señor Jesucristo, que trabajando SOSEGADAMENTE, coman su propio pan (RVR1960)
De parte de Jesucristo, el Señor, los instamos y exhortamos a que trabajen y coman su propio pan SIN PERTURBAR a nadie (BLP)

1 Timoteo 2:11-12

Que la mujer aprenda CALLADAMENTE, con toda obediencia. Yo no permito que la mujer enseñe ni que ejerza autoridad sobre el hombre, sino que permanezca CALLADA (LBLA)
La mujer aprenda EN SILENCIO, con toda sujeción, porque no permito a la mujer enseñar, ni ejercer dominio sobre el hombre, sino estar EN SILENCIO (RVR1960)
La mujer debe aprender EN SILENCIO y con todo respeto. No apruebo que la mujer se dedique a enseñar ni que imponga su autoridad sobre el marido; debe, más bien, mantenerse EN SILENCIO (BLP)

Hesuchia denota una actitud, no la ausencia de voz. Fijaos cómo cambia de tono del texto de Timoteo, si se traduce igual que en Tesalonicenses. De repente, es posible pensar que Pablo, lejos de imponer una inhabilitación permanente a la mitad del pueblo de Dios (que por otra parte chocaría frontalmente con otras Escrituras), se dirige a un grupo de mujeres no formadas y les exige una actitud correcta al aprender (como le corresponde a cualquier alumno).

Developing Critical Thinking

Critical thinking is crucial to personal growth and the prevention of spiritual abuse. No one is born with it; it must be cultivated. 

The following excerpt from Steven Smith’s article, “A Biblical Perspective on Spiritual Authority and Critical Thinking” might serve as an excellent New Year’s resolution list:

‘How can a Christian develop critical thinking skills? Here are ten steps I wish I had followed:

  • Pray for the Spirit of wisdom (James 1:5-8).
  • Intentionally encounter diverse people and perspectives. Travel. Listen to podcasts from other preachers and teachers. Cultivate friends outside of your church circle.
  • Zondervan’s Counterpoint series is an excellent way to study thorny theological matters. Scholars from each major position present their case on a particular topic, and the other scholars interact with those essays.
  • Learn to dialogue instead of shutting down at the first hint of difference.
  • Educate yourself about the world at large. Read foreign English newspapers. Subscribe to a blog (or ten). Think outside the box.
  • Learning to think critically is like training for an athletic event. Find “trainers” who will stretch you, tone you, and give you a good workout. Ravi Zacharias always helps me to think more clearly (find his website here).
  • Idolize no man or woman. Respect and admire, but put no one on a pedestal except for God.
  • Do theology in community. Yes, discuss spiritual things in your own local church, but also engage with the Church universal, and the historical church. There are (and have been) wise Christians throughout the world who have thought well about God, other people, and themselves.
  • Embrace mystery and give grace for “grayness” in disputable matters. Not every theological issue is critical for salvation. Really. As one of my seminary professors says, heaven will be like torn paper: it tears unevenly. We will be surprised at some of the people who made it in…and even more surprised by who’s missing.
  • Relax. Enjoy being part of the Body of Christ and humble yourself to receive from other people, even people outside your church or denomination. If Solomon’s temple couldn’t hold all of the presence of God, neither can your little church.’