En proceso

Al despedirnos de un año para iniciar otro, es casi inevitable entretener algún pensamiento existencial. El calendario sigue avanzando, nuestras vidas se siguen desplegando, seguimos aproximándonos a la culminación.

Hay muchas maneras de clasificar una vida. Se puede hacer desde la perspectiva de logros profesionales, o de esfuerzos ideológicos. Se puede hacer midiendo la felicidad personal alcanzada, el amor encontrado, o las sensaciones acumuladas.

Pero existe una clasificación mucho más primordial. Se trata de rumbo. Hacia qué, hacia dónde, nos dirigimos.

El apóstol Pablo, uno de los grandes pensadores del primer siglo, prescindió de cualquier otro criterio y dividió la humanidad en dos únicos grupos: los que se están perdiendo, y los que se están salvando.

Esto puede parecer demasiado severo, incluso reduccionista. Pero lo cierto es que, en el sentido más básico, todos estamos “en proceso”, en camino hacia alguna meta.

Impone considerar la posibilidad de que con cada paso terrenal – proyectos realizados, idilios, retos afrontados, experiencias inolvidables – nos podamos estar esencialmente atrofiando, disipando, perdiendo.

O por lo contrario – y a pesar de desventajas, perplejidades, reveses y hasta intenso sufrimiento – que sea posible estar salvándonos, progresando hacia gloria.

Todo depende de hacia dónde nos dirigimos.

Por eso Dios nos llama a todos en algún momento a aquello que suena tan rancio y anticuado – el arrepentimiento. Porque arrepentirse es exactamente eso: cambiar de dirección. Reorientarnos.

Sin duda es más atractivo escuchar la voz de la sabiduría popular, que nos recomienda seguir siempre al corazón. El problema es que el corazón puede llegar a ser muy mala brújula, y a veces toca ignorarlo para responder a un llamado superior.

Que Dios nos dé la perspicacia y el valor en este año 2020 para escucharle a él por encima del corazón; y si nos llama a ello, a cambiar de rumbo.

Soltando a los demás

Durante años, en mis relaciones interpersonales, seguí unas directrices heredadas que me llevaban a gravar sobre los demás el peso de mis convicciones espirituales. Pero lejos de conseguir buenos resultados, solamente servía para enajenar. Era deprimente ver como mi pasión por el Señor cosechaba unos frutos tan negativos.

Gracias a Dios, un día llegó a mis manos un libro titulado El despertar de la gracia, de Charles Swindoll. Ese libro me abrió los ojos para muchas cosas. Una de ellas fue que la gracia me lleva a respetar la libertad de los demás (lo cual a la vez me quita el peso de una responsabilidad que nunca fue mía). A continuación comparto el pasaje que comenta este tema y espero que os sea tan útil como lo es para mí.

“A pesar de las horribles consecuencias que puede traer el pecado, todavía debo enfatizar que la gracia significa permitir a otros la libertad de elegir, pese a los riesgos. No respetar esa libertad es abusar de la gracia tanto como aquellos que la toman como una excusa para pecar. Creo firmemente en rendirnos cuentas mutuamente, pero la gracia implica que yo no voy a manipular, juzgar o intentar controlarlo, y que usted no lo debe hacer conmigo. Para la mayoría de las personas no es natural ni fácil respetar la libertad de los demás. Como nos importan, tendemos a hacerles sugerencias o advertencias. Nos resulta muy doloroso dejar que fracasen o caigan, pero esa es la forma en que Dios nos trata a nosotros prácticamente cada día de nuestra vida. Nosotros tendemos a aferrar, no a liberar, tendemos a poner a las personas dentro de nuestro molde, y no les permitimos moverse a menos que se adapten a él.

Si es así, la siguiente pieza (de origen desconocido) está escrita precisamente para usted. Le ayudará a soltar su agarre. Ser una persona de gracia requiere soltar a otros.”

SOLTANDO A LOS DEMÁS

Soltar no significa despreocuparme, sino que no puedo hacerlo por otra persona.

Soltar no implica que me distancie de los demás, sino es darme cuenta de que no puedo controlar a otro.

Soltar no quiere decir ser permisivo, sino permitir aprender de las consecuencias naturales.

Soltar es admitir impotencia, lo que significa que el resultado no está en mis manos.

Soltar implica no cuidar de alguien sino interesarme por él.

Soltar significa no estar en el centro tratando de controlar todos los resultados, sino permitir que los demás decidan sus propios resultados.

Soltar no significa ser protector de alguien, sino es permitirle afrontar la realidad.

Soltar no es atosigar, regañar ni reñir, sino descubrir mis propias deficiencias y corregirlas.

Soltar es no ajustar todo conforme a mis deseos, sino tomar cada día como viene.

Soltar es temer menos y amar más.