¿Hay alguien digno?

En la mano derecha del que estaba sentado en el trono vi un rollo escrito por ambos lados y sellado con siete sellos.  También vi a un ángel poderoso que proclamaba a gran voz: «¿Quién es digno de romper los sellos y de abrir el rollo?»  Pero ni en el cielo ni en la tierra, ni debajo de la tierra, hubo nadie capaz de abrirlo ni de examinar su contenido.  Y lloraba yo mucho, porque no se había encontrado a nadie que fuera digno de abrir el rollo ni de examinar su contenido.  Uno de los ancianos me dijo: «¡Deja de llorar, que ya el León de la tribu de Judá, la Raíz de David, ha vencido! Él sí puede abrir el rollo y sus siete sellos».

 Entonces vi, en medio de los cuatro seres vivientes y del trono y los ancianos, a un Cordero que estaba de pie y parecía haber sido sacrificado. Tenía siete cuernos y siete ojos, que son los siete espíritus de Dios enviados por toda la tierra.  Se acercó y recibió el rollo de la mano derecha del que estaba sentado en el trono.

Apocalipsis 5.1-7 (CST)

“Este es el salón del trono del Dios Creador, y su mundo no es un mero retablo, un cuadro viviente para disfrutar. Es un proyecto. Tiene destino. Hay trabajo pendiente.

Particularmente, hay trabajo pendiente para rescatar la creación de los peligros mortíferos que se han afianzado en ella. Hay trabajo pendiente para derrocar los poderes que se la tienen jurada a la obra de Dios. Será una tarea terrible, que bien podríamos rehuir cualquiera de nosotros. Pero en todo caso, lo que hemos hecho ha sido empeorarla, formando parte del problema en vez de la solución.

Este es el meollo del desafío que lanza el ‘ángel poderoso’ del versículo 2. Dios, el creador, tiene un rollo en la mano derecha, como un arquitecto con el diseño de un edificio, o un general con una estrategia de campaña. El rollo está cerrado con siete sellos. Adivinamos, correctamente, que contiene el plan secreto de Dios para deshacer y derrocar los proyectos destructivos que ya han ganado tanto terreno en el mundo, y para plantar y nutrir en su lugar un proyecto de rescate que reencaminará a la creación. ¿Hay alguien ahí fuera que merece abrir este rollo? ¿Hay alguien que no haya contribuido de alguna manera a los problemas de la creación, al milenario despojo y destrozo del maravilloso mundo de Dios?

La respuesta de Juan demuestra que él, como los demás escritores del Nuevo Testamento, tenía una perspectiva realista del problema arraigado de la raza humana, así como (pareciere) de todas las demás criaturas (versículo 3). Nadie merece abrir el rollo.

Pero esto constituye un problema tremendo. Dios el creador se había comprometido, ahí en Génesis 1 y 2, a obrar en su creación a través de una humanidad obediente. El mundo fue diseñado para funcionar así. Si Dios dijera, ‘Los humanos han fracasado, así que tendré que hacer las cosas de otra manera’, tendría que deshacer la estructura de su buena creación y convertirla en un mundo totalmente diferente. Había que encontrar a alguien.

En la tradición de Israel había una respuesta: que Israel mismo fue llamado a ser la humanidad verdadera, a poner en marcha el plan de rescate de Dios. Es correcto. Sin embargo, aunque Juan no lo dice explícitamente, aquí encontramos el segundo nivel del problema. Israel también ha fracasado, ha defraudado a Dios. Dios parece afrontar, de nuevo, un dilema. Si dijera, ‘Israel no ha hecho lo que yo esperaba, así que tendré que editar esa parte de mi plan’, todo parecería una metedura de pata, como si hubiera andando dando tumbos de una idea fallida a otra. Dios hizo el mundo de tal manera que sus planes para él solamente pueden ser ejecutados por un ser humano. Ya que el pecado humano significa que esos planes necesitan una operación de rescate, Dios llamó a una familia humana para ser el medio de ese rescate. En otras palabras, Dios ha determinado operar en el mundo a través de los sereshumanos, y rescatar al mundo a través de Israel. Ambos le han fallado. ¿Qué hará ahora? ‘¿Alguien merece abrir el rollo?

’Llegados a este punto, podríamos unirnos a Juan en torrentes de lágrimas. ¿No hay nada que pueda hacerse? Pero ya se ha iniciado el plan para enjugar las lágrimas de todo ojo (7.17, 21.4). ‘No llores,’ dice uno de los ancianos. ‘¡Mira!’ dice. ‘Aquí está el que puede hacerlo.’ Y antes de mirar siquiera, sabemos quién es. Es el verdadero humano. Es el verdadero israelita. Es el Mesías.

Pero en la vision de Juan, nada se cuenta directamente, porque todo ha de contemplarse en su gloria multidimensional. A Juan se le invita a mirar al ‘León de la tribu de Judá, la Raíz de David’. Los ecos que retumban como truenos en las cavernas de nuestra memoria escritural evocan profecías y visiones. El Mesías vendría de la tribu de David, la tribu de Judá; Judá fue descrito en Génesis 49.9 como cachorro de león; esto fue retomado en escritos visionarios posteriores donde el Mesías aparece como un león para atacar al ‘águila’ del imperio romano (2 Esdras 11 y 12, de los apócrifos del Antiguo Testamento). Ningún judío del primer siglo obviaría esa referencia, ni dejaría de entender la frase, ‘la Raíz de David’, que, como en el 22.16, hace eco de la gran profecía mesiánica de Isaías 11.1-10. Tal y como esperaríamos del verdadero Mesías, se nos informa que no solo ‘merece’ abrir el rollo, sino que ‘ha vencido’. El Mesías – se creía – pelearía y ganaría la batalla decisiva contra el último y gran enemigo del pueblo de Dios, liberándole de una vez por todas. Bien, le dice el anciano a Juan, ¡lo ha hecho! ¡Aquí está!

Y aquí llegamos a uno de los momentos más decisivos de toda la escritura. Lo que Juan ha escuchado es el anuncio del León. Lo que ve es el Cordero. Ha de retener todo lo que ha escuchado en su mente al contemplar lo que ahora ve; y ha de retener todo lo que está viendo en su mente al reflexionar sobre lo que ha escuchado. Parecen dos cosas radicalmente diferentes. El león es símbolo tanto de poder absoluto como de realeza suprema, mientras que el cordero simboliza mansa vulnerabilidad y, a través de su sacrificio, la debilidad absoluta de la muerte. Pero ahora están fusionados, completamente y para siempre. Desde este momento en adelante, Juan, y nosotros sus lectores atentos, hemos de comprender que la victoria alcanzada por el león se llevó a cabo por el sacrificio del cordero, y que no pudo ser de ninguna otra manera. Pero también hemos de comprender que lo que ha sido efectuado por el sacrificio del cordero no es meramente la limpieza del pecado de unas cuantas personas. La victoria alcanzada por el cordero es la victoria leonina de Dios – a través de su Israel personificado, su humanidad obediente personificada – sobre todas las fuerzas de corrupción y muerte, sobre todo lo que quisiera destruir y obliterar su buena, poderosa y bella creación.”

N. T. Wright, Revelation for Everyone.

Traducción: Emily R. Knott.

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Santidad alucinante

Existe una grave carencia de santidad en las iglesias, o eso vengo oyendo. El diagnóstico no es precisamente novedoso – Spurgeon hacía básicamente la misma crítica hace más de 100 años. Parece ser que en nuestras congregaciones hay más diversión que seriedad, más mundo que piedad, más entretenimiento que Biblia. “Afligíos, y lamentad, y llorad,” recetan algunos, citando al apóstol Santiago. “Vuestra risa se convierta en lloro, y vuestro gozo en tristeza”.

No voy a negar la absoluta necesidad de santidad. Tampoco voy a decir que la santidad no involucre a veces lágrimas; que no inspire, según qué ocasión, solemnidad. Pero voy a decir que no creo que sean las lágrimas ni la solemnidad sus expresiones primordiales. Voy a desafiar esa idea de que la santidad es austera, y que se refleja principalmente en una moralidad rigurosa y un ambiente formal en los cultos.

¿Qué es, entonces? Fundamentalmente, es acercarnos a Dios y aprender a ser como él. Eso cobra muchas formas. N. D. Wilson lo describe así. ¡Lee y disfruta!

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“Decimos que queremos ser como Dios, y pensamos que hablamos en serio. Pero no es verdad. No quiero ser severo, pero si hablásemos en serio, nos estaríamos divirtiendo muchísimo más. Buscamos seguridad y respetabilidad cultural en lugar de perseguir nuestra primera razón fundamental: que fuimos creados a imagen de Dios y hemos de procurar imitarle.

Un delfín atravesando el sol en voltereta más allá del rompiente; un halcón en descenso; un chucho en una camioneta con la lengua volando como una bandera de alegría – todos reflejan al Hacedor con más integridad que muchos de nuestros pensadores, fieles y teólogos patrocinados.

Echemos un vistazo a nuestras vidas diarias. Por ejemplo, ¿cómo criamos a nuestros hijos? Normas. Temores. Prohibiciones. No saltes en el sofá. Nada de gluten. Baja de ese árbol. Tranquilízate. Estate quieto. Vivimos como si Dios fuese una lista infinita de negativas. Él es santidad: la pureza más salvaje y exquisita. En nuestra mentalidad torcida, eso le convierte en el mayor estirado de todos los tiempos.

Pero ¿cómo educa Dios? Nos dio una norma al principio: “No comeréis de ese árbol”. Solo un árbol prohibido. Aparte, nos regalaba un planeta entero. Una estrella ardiente. Animales salvajes que descubrir, nombrar y domesticar. Animales con colmillos, y tendones que ondulan al sol. Nos dio un Dragón para vencer, un Dragón que acabó derrotándonos. Y entonces se inclinó para salvar.

Así que ahora tenemos dos normas: amar a Dios, y amar a otros – dos normas acompañadas de justicia atribuida, gracia para nuestros fracasos, y una puerta en la tumba que se abre a la vida eterna. ¿Nos comportamos como si esto fuese cierto?

Nuestro Padre entretejió gloria y gozo en cada capa del mundo. Entretejió secretos que nos seducirían a correr siglos de riesgos para llegar a desbloquearlos: el  vuelo, el cristal, la electricidad, el chocolate…

Nuestro Dios hizo cosas sencillas y graciosas – bolsas de piel llenas de leche, balanceándose bajo las vacas. También hizo cosas más complicadas: Quita la nata, agrega azúcar de la caña y virutas de la vaina de vainilla de tierras lejanas, envuelve con agua tan fría que sus moléculas se han expandido y se ha convertido en sólida. Ahora remueve. Sigue removiendo. Ahora prueba. Y adora.

Nosotros: – No comas más, Pepito. Has tomado suficiente.

Dios: – Prueba la salsa de chocolate.

Dios colgó frutas fáciles de recoger en los árboles, y escondió los secretos del buen vino al final de una búsqueda de tesoro. Hizo caballos con espaldas fuertes y planas que se prestan para un uso obvio, y escondió alas de avión tras los misterios del acero y los combustibles fósiles.

Sin ninguna ayuda creativa, Dios inventó el cacahuete y el tubérculo orondo. Exprime el aceite del cacahuete y ponlo a hervir. Trocea el tubérculo y échalo. Ahora agrega sal marina.

Nosotros: – Eso te puede matar.

Dios: – Tomad y comed.

Deberíamos buscar la santidad, pero la santidad es un diluvio, no una ausencia. ¿Eres la clase de padre que puede crear alegrías para tus hijos que nunca habían imaginado desear? ¿Brilla tu sol para calentar los rostros de los demás? ¿Tu lluvia hace reverdecer el mundo que te rodea? ¿Finalizas tus días con algo remotamente parecido a una puesta de sol? ¿Empiezas con el alba?

Decimos que queremos ser más como Dios. Pues emocionémonos más con la luz de la luna. Y los bebés. Y lo que los genera. En conservar a un único amante hasta que los dos hayamos envejecido como el vino, listo para la copa. La santidad no es nada como una ordenanza. La santidad es unas manos octogenarias elaborando un pastel para otros. Es una alameda agitada por la brisa. Es una hoguera en la montaña.

Habla tu gozo. Siéntelo. Cántalo. Hazlo. Que cale en tus huesos. Que desborde tus riberas e inunde las vidas de otros.

A su mano derecha hay delicias para siempre. Cuando nos asemejemos verdaderamente a él, lo mismo se dirá de nosotros.” [1]

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[1] https://www.christianitytoday.com/ct/2014/april/lighten-up-christians-god-loves-good-time.html (consultado 15/02/19)