“Dios arde en cada zarza común”

Con el escritor Philip Yancey, confieso mi predileccion por el llamado “argumento del diseño”. Pero en eso me preceden otras mentes mucho más privilegiadas.

Durante los seis meses que pasó solo en Antártida, donde presenció fenómenos como la aurora boreal y el ascenso de la noche polar, el explorador Richard Byrd tuvo mucho tiempo para observar y meditar. Después de una de sus caminatas, escribió en su diario (publicado más tarde bajo el título SOLO):

“Me sobrevino la convicción de que el ritmo era demasiado ordenado, demasiado armonioso, demasiado perfecto como para ser el producto del azar – y que, por lo tanto, debía existir un propósito integral y que el hombre, lejos de ser una derivación accidental, formaba parte de ello. Era una sensación que trascendía la razón; iba al corazón de la desesperanza humana y la hallaba infundada. El universo era un cosmos, no un caos; el hombre ocupaba un lugar tan legitimo en ese cosmos como el día y la noche”.

El mundo, como dijo el poeta Gerard Manley Hopkins, está cargado de la grandeza de Dios.

"La tierra está repleta del cielo
Y Dios arde en cada zarza común
Pero sólo quien lo ve se descalza".

Elizabeth Barrett Browning

Expondré mi queja

el dios que no entiendo

Este fue mi primer encuentro con Christopher Wright (¡no será el último!).  El alcance del libro me sorprendió; si el título me sugería que abordaría los temas del mal y el sufrimiento (y lo hizo), no esperaba que incluyera otros, como la cruz – evento que tampoco alcanzamos a entender.

Otro de los temas que trata, el que yo quería destacar, es la importancia del lamento. Solemos pensar que debemos aceptar todo con valor estoico, porque todo “viene del Señor”. Condenamos la queja como una falta de fe, o una falta de contentamiento. Sin embargo, como señala Christopher Wright:

“En la Biblia, la cual creemos que es la Palabra de Dios, de manera que lo que encontramos en ella es lo que Dios quiere que esté allí, hay muchos lamentos, protestas, disgustos y preguntas desconcertantes. El asunto que debemos notar (posiblemente para sorpresa nuestra) es que todo esto no lo lanzan a Dios sus enemigos sino personas que lo aman y confían más en él. Parece, de hecho, que son precisamente aquellos que tienen una relación más estrecha con Dios quienes se sienten con mayor libertad para derramar su dolor y protesta ante Dios sin temor al reproche. El lamento no solo se permite en la Biblia, sino que se modela para nosotros en abundancia…

Seguramente no puede ser accidental que en el libro divinamente inspirado de los Salmos haya más salmos de lamento y de angustia que de gozo y acción de gracias. Estas son palabras que de hecho Dios nos ha dado. Dios le ha otorgado un lugar prominente a este autorizado libro de cánticos. Necesitamos ambas formas de adoración en abundancia mientras vivimos en este mundo maravilloso y terrible.

Siento que el lenguaje del lamento está seriamente desatendido en la iglesia. Muchos cristianos parecen sentir de alguna manera que no puede ser correcto quejarse ante Dios en el contexto de la adoración colectiva, cuando todos deberíamos sentirnos felices. Hay una presión implícita para asfixiar nuestros sentimientos reales porque estamos urgidos, por piadosos mercaderes de la negación emocional, a tener “fe” (como si el salmista que se lamenta no la tuviera). Así que terminamos vociferando pretendidas emociones que no sentimos, mientras escondemos en lo profundo las emociones reales con las que luchamos. Ir a adorar se puede convertir en un ejercicio de fingimiento y disimulo, ninguno de los cuales puede conducir a un encuentro real con Dios. De tal modo que, como reacción a alguna espantosa tragedia o desastre, en lugar de gritar nuestros verdaderos sentimientos hacia Dios, preferimos otras maneras de responder a este.

“Todo es parte de la maldición de Dios sobre la tierra.”

“Es castigo de Dios.”

“Esto significa una advertencia.”

“Esto es en última instancia para nuestro bien.”

“Dios es soberano, así que tiene que hacerlo todo bien al final.”

Pero nuestros amigos que sufren en la Biblia no tomaron ese camino. Clamaron en dolor y protesta contra Dios… precisamente porque conocían a Dios. Su protesta nace del irritante contraste entre aquello que saben y lo que ven.” [1]

En este mundo disfuncional y desgarrador expresamos nuestra fe, no reprimiendo nuestro dolor, ni fingiendo contentamiento, ni buscándole el sentido a todo, sino llevando nuestro lamento ante el rostro de Dios – igual que los salmistas, profetas y demás santos que nos precedieron – hasta que despunte el Día de justicia. 

Derramad delante de él vuestro corazón (Salmo 62:8)

Echando toda vuestra ansiedad sobre él (1 Pedro 5:7)


[1] Christopher J. H. Wright, El Dios que no entiendo (Editorial Vida 2010), pp. 52-55

Nunca le he visto

Benjamin Franklin dijo una vez: “Para ver por fe hay que cerrar los ojos de la razón”.

La fe, desde luego, parece la antítesis de la razón; poco más que un eufemismo para la credulidad. El diccionario no ayuda cuando la define como “una creencia que no necesita ninguna confirmación de la experiencia, la razón, ni la ciencia”.

Desgraciadamente, muchas organizaciones religiosas, y no pocos fieles, han avalado esta impresión con sus supersticiones y oscurantismo.12111964_10206943781565848_6159964860505993684_n

Pero fe es una palabra noble que merece un mejor trato. No tiene por qué ser ciega, ni sentimentaloide, ni bruta. Dirigida a Dios, desde luego, debería ser el ejercicio más cabal del ser. Es un terrible malentendido pensar que para creer en Dios hay que dejar de lado la razón. “Amarás al Señor tu Dios con toda tu MENTE”, dijo Jesús. La fe ciega no puede honrar al verdadero Dios.

Es cierto que no le percibimos con los cinco sentidos. Yo nunca he “visto” a Dios. Su existencia no es algo que podemos confirmar en un laboratorio. Pero eso no significa que carecemos de evidencias investigables. Como dijo el apóstol Pablo: “No se dejó a sí mismo sin testimonio”.

Ese pregón resuena a través de los milenios y nos lanza su reto. La fe exige el ejercicio de todas nuestras facultades. Examinemos el testimonio. No dejemos “el cerebro en la puerta”.