Santidad alucinante

Existe una grave carencia de santidad en las iglesias, o eso vengo oyendo. El diagnóstico no es precisamente novedoso – Spurgeon hacía básicamente la misma crítica hace más de 100 años. Parece ser que en nuestras congregaciones hay más diversión que seriedad, más mundo que piedad, más entretenimiento que Biblia. “Afligíos, y lamentad, y llorad,” recetan algunos, citando al apóstol Santiago. “Vuestra risa se convierta en lloro, y vuestro gozo en tristeza”.

No voy a negar la absoluta necesidad de santidad. Tampoco voy a decir que la santidad no involucre a veces lágrimas; que no inspire, según qué ocasión, solemnidad. Pero voy a decir que no creo que sean las lágrimas ni la solemnidad sus expresiones primordiales. Voy a desafiar esa idea de que la santidad es austera, y que se refleja principalmente en una moralidad rigurosa y un ambiente formal en los cultos.

¿Qué es, entonces? Fundamentalmente, es acercarnos a Dios y aprender a ser como él. Eso cobra muchas formas. N. D. Wilson lo describe así. ¡Lee y disfruta!

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“Decimos que queremos ser como Dios, y pensamos que hablamos en serio. Pero no es verdad. No quiero ser severo, pero si hablásemos en serio, nos estaríamos divirtiendo muchísimo más. Buscamos seguridad y respetabilidad cultural en lugar de perseguir nuestra primera razón fundamental: que fuimos creados a imagen de Dios y hemos de procurar imitarle.

Un delfín atravesando el sol en voltereta más allá del rompiente; un halcón en descenso; un chucho en una camioneta con la lengua volando como una bandera de alegría – todos reflejan al Hacedor con más integridad que muchos de nuestros pensadores, fieles y teólogos patrocinados.

Echemos un vistazo a nuestras vidas diarias. Por ejemplo, ¿cómo criamos a nuestros hijos? Normas. Temores. Prohibiciones. No saltes en el sofá. Nada de gluten. Baja de ese árbol. Tranquilízate. Estate quieto. Vivimos como si Dios fuese una lista infinita de negativas. Él es santidad: la pureza más salvaje y exquisita. En nuestra mentalidad torcida, eso le convierte en el mayor estirado de todos los tiempos.

Pero ¿cómo educa Dios? Nos dio una norma al principio: “No comeréis de ese árbol”. Solo un árbol prohibido. Aparte, nos regalaba un planeta entero. Una estrella ardiente. Animales salvajes que descubrir, nombrar y domesticar. Animales con colmillos, y tendones que ondulan al sol. Nos dio un Dragón para vencer, un Dragón que acabó derrotándonos. Y entonces se inclinó para salvar.

Así que ahora tenemos dos normas: amar a Dios, y amar a otros – dos normas acompañadas de justicia atribuida, gracia para nuestros fracasos, y una puerta en la tumba que se abre a la vida eterna. ¿Nos comportamos como si esto fuese cierto?

Nuestro Padre entretejió gloria y gozo en cada capa del mundo. Entretejió secretos que nos seducirían a correr siglos de riesgos para llegar a desbloquearlos: el  vuelo, el cristal, la electricidad, el chocolate…

Nuestro Dios hizo cosas sencillas y graciosas – bolsas de piel llenas de leche, balanceándose bajo las vacas. También hizo cosas más complicadas: Quita la nata, agrega azúcar de la caña y virutas de la vaina de vainilla de tierras lejanas, envuelve con agua tan fría que sus moléculas se han expandido y se ha convertido en sólida. Ahora remueve. Sigue removiendo. Ahora prueba. Y adora.

Nosotros: – No comas más, Pepito. Has tomado suficiente.

Dios: – Prueba la salsa de chocolate.

Dios colgó frutas fáciles de recoger en los árboles, y escondió los secretos del buen vino al final de una búsqueda de tesoro. Hizo caballos con espaldas fuertes y planas que se prestan para un uso obvio, y escondió alas de avión tras los misterios del acero y los combustibles fósiles.

Sin ninguna ayuda creativa, Dios inventó el cacahuete y el tubérculo orondo. Exprime el aceite del cacahuete y ponlo a hervir. Trocea el tubérculo y échalo. Ahora agrega sal marina.

Nosotros: – Eso te puede matar.

Dios: – Tomad y comed.

Deberíamos buscar la santidad, pero la santidad es un diluvio, no una ausencia. ¿Eres la clase de padre que puede crear alegrías para tus hijos que nunca habían imaginado desear? ¿Brilla tu sol para calentar los rostros de los demás? ¿Tu lluvia hace reverdecer el mundo que te rodea? ¿Finalizas tus días con algo remotamente parecido a una puesta de sol? ¿Empiezas con el alba?

Decimos que queremos ser más como Dios. Pues emocionémonos más con la luz de la luna. Y los bebés. Y lo que los genera. En conservar a un único amante hasta que los dos hayamos envejecido como el vino, listo para la copa. La santidad no es nada como una ordenanza. La santidad es unas manos octogenarias elaborando un pastel para otros. Es una alameda agitada por la brisa. Es una hoguera en la montaña.

Habla tu gozo. Siéntelo. Cántalo. Hazlo. Que cale en tus huesos. Que desborde tus riberas e inunde las vidas de otros.

A su mano derecha hay delicias para siempre. Cuando nos asemejemos verdaderamente a él, lo mismo se dirá de nosotros.” [1]

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[1] https://www.christianitytoday.com/ct/2014/april/lighten-up-christians-god-loves-good-time.html (consultado 15/02/19)

Reposando del día de reposo

Por Delina Pryce McPhaull, publicado en Christianity Today como Giving Sabbath a Rest, 11 de octubre, 2018. Traducido y publicado con permiso.

Yo me crie en una religión sabataria en la que observábamos el día de reposo como cuestión de ley. Mi comunidad religiosa estaba pendiente del momento de la puesta de sol el viernes por la tarde. Nos asegurábamos de que ese momento no nos pillase en el trabajo o el supermercado. Se esperaba que hiciésemos todo el esfuerzo posible para garantizar que estuviésemos adecuadamente preparados para descansar de las labores físicas. Nuestros hogares y coches estaban limpios, los recados hechos, y la comida preparada. Había quienes planchaban su ropa de vestir para ir a la iglesia el día siguiente. Como niña, recuerdo cómo  sacaba brillo a mis zapatos negros de charol con Vaselina y un poco de papel de cocina. Cuando caía el ocaso, “dábamos la bienvenida al día de reposo” con adoración – canciones, Escritura, y oración – marcando el comienzo de 24 horas sagradas.

Se nos recordaba constantemente lo que dice Juan 14:15: “Si me amáis, guardad mis mandamientos” (RVR1960). Esto lo interpretábamos como: “Si amáis a Dios, guardad los Diez Mandamientos”. Guardar el día de reposo es el cuarto mandamiento, lo cual significaba que si no hacías lo posible por guardarlo, estabas demostrando a Dios, a ti mismo, y a tu comunidad lo poco que le amabas. Esta mentalidad no traía descanso. De hecho, el día de reposo era agotador para la conciencia.

Mi crianza, en resumen, me enseñó a realizar esfuerzos para mi salvación. Sabía lo que era preguntarme si daría la talla y llegaría por fin al cielo. ¿Me estaba esforzando lo suficiente? ¿Podía esforzarme más? Creía que mi destino eterno pendía sobre mis respuestas a estas preguntas.

Luchando con el reposo

Estaba convencida de que la manera particular en que celebraba el día de reposo era un requisito para ganar el favor de Dios. Sin embargo, al final de mi década de los 20, Dios empezó a mostrarme que su amor, cuidado y diseño para mi vida no tenían nada que ver con mis esfuerzos en guardar la ley. Comencé a creer en la gracia y a soltar esa relación con Dios basada en mis logros.

Pero el día de reposo seguía siendo para mí un obstáculo para confiar plena y solamente en Jesús para mi salvación. También se había convertido en una fuente de orgullo. Ignorando la admonición de Colosenses 2, yo juzgaba la fidelidad y la posición de otros ante Dios basándome en su observación del día de reposo.

“¿Y si te dijera que tienes que soltar justo aquello que creías que tenías que retener? ¿Confiarás en mí?” Estas palabras del artista góspel Donnie McClurkin en su canción “Confiaré en ti, Señor” resonaron en mi oído. Para empezar a confiar plenamente en Dios, tenía que soltar mi red de seguridad espiritual. La ley me había guiado a Cristo, y ahora necesitaba vivir por el Espíritu.

Y fue entonces que experimenté el reposo: un reposo que nada tenía que ver con un día concreto o un paréntesis en mi rutina.

Cuanto más me fui alejando de la teología sabataria, menos convencida estaba que los cristianos estemos obligados a apartar un día para el reposo. Sin embargo, no tenía que buscar mucho para encontrar un libro, artículo o sermón intentando persuadirme de que la cura para un corazón afanado es una evasión sabática del trabajo, las tareas y la tecnología. Según una encuesta del 2016, un 62 por ciento de los norteamericanos siguen pensando que “es importante para la sociedad apartar un día de la semana para el reposo espiritual”.

Pero para mí no tenía sentido que se pudiera guardar la ley sin ser legalista. Y dudaba si una versión más aguada de observancia fuera lo mío. A veces lo mejor para un adicto es renunciar de golpe.

El día de reposo como sombra

Existen cuatro perspectivas principales respecto al día de reposo. Tres de ellas lo entienden como una función del tiempo atribuyendo sentido bíblico al sábado o al domingo, o simplemente enfatizando el principio del descanso semanal. La cuarta perspectiva entiende el mandamiento del día de reposo como cumplido en Cristo.

Cuando miramos el Antiguo Testamento a través de las lentes del Nuevo Testamento, una y otra vez vemos como los sacrificios, las fiestas, los rituales e incluso personas como Moisés señalaban hacia adelante a Jesús. Los israelitas, por ejemplo, tenían el maná milagroso, real y físico, del que dependían para sobrevivir. Generaciones más tarde, al haberse transmitido la historia, quienes escucharon a Jesús describirse como “el verdadero pan del cielo” y el “pan de vida” entendieron la referencia. El Verbo se hizo carne.

El día de reposo no es una excepción a este patrón.

“Jesús vino a dar cuerpo al significado pleno de la ley”, dice Craig Blomberg, profesor eminente del Nuevo Testamento en Denver Seminary. “Lo que más destaca para mí con diferencia en el capítulo 11 (de Mateo) es que él es quien otorga reposo. Lo otorga no porque hagamos algo diferente un día concreto de la semana. Lo otorga en la medida en que acudimos a él 24/7”.

Me siento identificada con la idea de un reposo sabático a través de la fe en Jesús, descrito en Hebreos 3 y 4, y el reposo en Jesús que auguraba el día de reposo del Antiguo Testamento, mencionado en Colosenses 2. Durante más de 30 años, mi semana estaba enmarcada por “el día de reposo”. Observarlo era algo innegociable en nuestra comunidad religiosa. Ya que las compras, el trabajo, el estudio, los eventos deportivos (¡y más!) estaban prohibidos, tenía la marcada sensación de haberme detenido en el tiempo mientras el resto del mundo giraba fuera de mi burbuja. El día de reposo era más que un día, era un aura. Había vistas, sonidos y olores asociados con este tiempo sagrado. Era lo que el académico judío Abraham Joshua Heschel llamó “un palacio en el tiempo”. Puedo entender que haya quienes se sienten atraídos por las prácticas del día de reposo.

Sin embargo, yo conocía bien el trabajo que llevaba prepararse para descansar. Sabía por experiencia que un día semanal de reposo no eliminaría la hiperactividad, la adicción al trabajo, ni un corazón intranquilo. La cura para esas cosas es descansar en Jesús. ¿Qué podría haber más dulce que tener “un palacio en el tiempo” cada semana? ¡Vivir en ese palacio de continuo! Eso es lo que significa descansar en Jesús. Para mí, ya no se trataba de un día. Se trataba de soltar la sombra para experimentar la realidad. Jesús era el oasis de reposo en medio de la locura sin tregua a mi alrededor.

Lo que significa en realidad el reposo

Seas quién seas, experimentarás cargas pesadas y ánimo cansado. Ya sea una carga económica, opresión racial o religiosa, mala salud o un cuerpo con dolencias crónicas, o incluso todo eso a la vez, la prueba llamará a tu puerta. Es precisamente en medio de nuestro cansancio que Jesús nos ofrece su yugo – la oportunidad de amarrarnos a él.

“El reposo en la eternidad será libertad del sufrimiento y libertad de la prueba. El reposo en esta vida quizá no sea siempre eso” – dice Blomberg. – “De hecho, quizá con más frecuencia no lo sea, sino un sentido de la presencia de Dios, de su guía, apoyo, fortalecimiento y sabiduría, incluso mientras el Hades mismo se desate a nuestro alrededor”.

Cuando descansamos en él, no tenemos que proteger nuestra reputación como “buenas personas” o fingir que lo tenemos todo organizado. El verdadero reposo produce humildad y una postura de franqueza, crecimiento y gracia. Al reposar, nos negamos a aceptar la mentira de que Dios nos retiene cosas – un hijo, una promoción, una cura – por algo que hicimos en el pasado. Nos negamos a creer que nuestros problemas son el resultado de no haber orado lo suficiente o de manera adecuada.

Para mí, el reposo sabático ahora significa actuar desde el conocimiento de que soy aceptada y perdonada. Es confianza en el amor de Dios, en su protección y dirección. Esta clase de seguridad no puede ser conjurada o fabricada por obras. Es un regalo – que a menudo se me tiene que recordar que poseo, pero a fin de cuentas un regalo.

Los seguidores de Jesús, guardemos o no un día sagrado, hemos de definir el día de reposo principalmente como el reposo en Jesús. Cualquiera puede tomarse un día libre. Nosotros tenemos el privilegio de experimentar la encarnación del día de reposo. No nos lo perdamos.

Delina Pryce McPhaull es editora y autora freelance. Vive en una zona rural de Texas con su marido, hijos y gallinas. Conecta con ella a través de Instagram, Facebook o su blog.

Llegando a ser lo que somos

Crecer dentro de estructuras legalistas marca mucho. Se suele desarrollar un ojo avizor para las actitudes sentenciosas, cero tolerancia a la santurronería, y una tendencia a rechazar normas y comentarios críticos.

Es difícil a veces seguir el camino que nos aleja del legalismo sin perdernos en la mentira opuesta: el libertinaje.

Pablo el apóstol – feroz enemigo del legalismo, feroz defensor de la vida genuina del evangelio – ha sido mi mejor ayuda en este camino. En su comentario a la carta a la iglesia en Corinto, Gordon D. Fee describe el planteamiento de Pablo de la ética cristiana “en términos de LLEGAR A SER LO QUE SE ES”. Y, como dice:

En una ética así hay algunos absolutos, precisamente porque algunos pecados son totalmente incompatibles con la vida en Cristo ([p.ej.] la inmoralidad sexual).No se trata de ley, en el sentido de adquirir una condición aceptable ante Dios. Pero es algo absoluto porque ciertas formas de conducta contradicen absolutamente el carácter de Dios.[1]

La ética cristiana no va de normas y reglamentos. Va de reflejar el carácter de Dios – de ir perteneciendo más y más a la Nueva Creación.

En una época en que con demasiada frecuencia se modifica la ética para ajustarla a la propia existencia cultural actual, estas palabras deben oírse una vez más con toda claridad en la iglesia. Cristo murió por nosotros no simplemente para abrirnos la puerta del cielo, sino para recreamos a su imagen, para que tanto individual como comunitariamente expresemos el carácter de Dios mediante nuestro modo de vivir en [el] mundo.[2]

El legalismo es una mentira. El libertinaje es una mentira. “En Cristo, [hay] una nueva creación. ¡Lo viejo ha pasado, ha llegado ya lo nuevo!”

[1] Gordon D. Fee, Primera epístola a los corintios (Nueva Creación, 1994), p. 26
[2] Gordon D. Fee, Primera epístola a los corintios (Nueva Creación, 1994), p. 250

La deuda del honor

“Honrad a todos” (1 Pedro 2:17). “Honra a tu padre y a tu madre” (Éxodo 20:12). Estos dos mandamientos generales instruyen nuestras relaciones entre unos y otros como pueblo de Dios durante esta vida.

Para ponerlos en práctica, sin embargo, debemos comprender qué es lo que se nos llama a hacer. Debemos saber qué es honrar, y qué no lo es. Debemos, además, determinar si existe alguna excepción a estas dos reglas. Así evitaremos ser presa fácil de exigencias injustas, o vivir atrapados en relaciones malsanas.

Lo que significa

Honrar es una palabra que en hebreo (kabad), y en griego (timṓ), significa valorar, respetar, y dar peso. Se ha traducido en ocasiones también como “tratar honorablemente”, “mostrar respeto”, “tratar con dignidad” y “estimar”.

Fundamentalmente, toda persona sin excepción merece ser tratada con dignidad por su identidad como ser humano. Nos debemos honra unos a otros como compañeros de la raza humana. En este sentido todos somos iguales, indistintamente de edad o rango social (aún menos etnia o género).

Los padres, en particular, merecen ser valorados por el papel único que juegan en nuestras vidas. Les debemos, en resumen, todo. Nos dieron la bienvenida a este mundo, nos quisieron con locura, atendieron a nuestras necesidades, y se esforzaron en formarnos como personas buenas y felices. El vínculo que nos une es sagrado. El honor que les debemos se puede expresar de muchas maneras, entre ellas atender a sus necesidades a medida que se hacen mayores. De hecho, así precisamente fue como Jesús definió honrar a los padres en la única ocasión registrada que habló sobre el quinto mandamiento.

Lo que NO significa

No es sinónimo de obediencia. Como alguien observó, si fuera así, las palabras serían intercambiables en las Escrituras[1]. Un análisis breve basta para demostrar que no lo son. El empeño por fusionar los dos conceptos es sencillamente insostenible. Si bien es cierto que en algunos contextos el honor se expresa mediante la obediencia, como en el caso de los niños (que están en etapa de crianza) hacia los padres, no es cierto que para honrar es imprescindible obedecer.

El muy recurrido Efesios 6:1 – “Hijos, obedeced a vuestros padres en el Señor” – no es una traducción alternativa de Éxodo 20:12, sino la versión adaptada para niños, precisamente porque están siendo preparados para la adultez (el contexto lo confirma, véase v. 4). Este, de hecho, es el propósito de la obediencia. Es un medio para alcanzar un fin, no un fin en sí mismo. El objetivo es la transición a sui juris, el lanzamiento de una persona en pleno derecho. Los padres (o líderes espirituales) que busquen mantener a los hijos en una perpetua tutela, poniendo como meta la obediencia en vez de la madurez, delatan una agenda egoísta y profana: PODER Y CONTROL.

No supone una cadena de mando. Honrar a alguien no significa que esa persona está al mando y que a ti te toca “mantenerte en tu sitio”. No significa estar bajo obligación de rendirle cuentas, buscar su autorización ni acatar sus órdenes.

No significa prescindir de nuestras facultades críticas. Hay quien le gustaría hacernos creer que cualquier crítica de sus actitudes o métodos constituye una deshonra a su persona. Es falso. La transigencia incondicional no es honrar, es malcriar. Además, facilita el comportamiento de personas dominantes y abusivas.

Excepciones

¿Existen? Creo que cualquier escrutinio sincero de la vida real nos obliga a aceptar que sí, tristemente, existen ciertas excepciones. Solo las personas más inconscientes podrían opinar lo contrario. Sin duda hay personas, sin duda hay padres, imposibles de honrar de manera auténtica más allá del respeto básico que debemos a cualquier persona.

Aquellas personas que han infligido profundo dolor y daño emocional y/o físico duradero (mil veces más atroz cuando se inflige a quien está bajo su cuidado), y cuya autosatisfacción excluye cualquier posibilidad de cambio. Personas que envenenan los ambientes que controlan con su pedantería, imposiciones constantes y comportamiento destructivo. Personas que, a la vez que exigen honra para sí mismas, deshonran sistemáticamente a los demás.

Quizá la única honra que podemos ofrecer en tales casos sea la de retirarnos de su esfera de influencia y orar pidiendo futura restauración y reconciliación.

Conclusión

Que Dios nos dé sabiduría para discernir entre la honra verdadera y la falsa, y que la verdadera honra adorne todos nuestros tratos unos con otros.

 

[1] http://www.recoveringgrace.org/2011/09/honor-vs-obey/