CONTROL

Por Diary of an Autodidact. Traducido y adaptado con permiso por Emily R. Knott. Artículo original: http://fiddlrts.blogspot.com/2016/01/control-reason-gospel-coalition-and.html


Hay espectros y variedades de abuso doméstico. Una buena definición funcional del abuso doméstico es un patrón impío de comportamiento abusivo entre cónyuges que implica medios físicos, psicológicos, y/o emocionales para ejercer y conseguir poder y control sobre la pareja, con fines egoístas.

John Henderson

Esta es una cita de un artículo que apareció en la página web de Coalición por el Evangelio (versión anglosajona) en abril del 2015, publicado en respuesta a una controversia sobre el problema de la violencia doméstica en la iglesia – un problema habitualmente ignorado y desatendido. Como han puntualizado muchos autores – entre ellos muchas mujeres – enseñar que la mujer debe obedecer al hombre (enseñanza muy querida por Coalición por el Evangelio y gran parte del evangelicalismo conservador) tiende a atraer a los maltratadores, y les da poder sobre sus víctimas.

Es bueno que Coalición por el Evangelio se haya sentido obligado a pronunciarse en contra de la violencia doméstica y el abuso conyugal.

…Si tan solamente hubiese tenido el valor de hacerlo.

Este comunicado casi lo hace, pero se queda corto.

En el lado positivo, es bueno reconocer que el abuso va más allá del ámbito físico. De hecho, el aspecto emocional del abuso es, con frecuencia, más dañino a largo plazo que el físico, porque está calculado para destruir la autoestima de la víctima.

Sin embargo, el comunicado fracasa por dos motivos. En primer lugar, no capta que la raíz del abuso es el control, y que, por lo tanto, el control es el problema. En segundo lugar, contiene tantos calificativos que termina siendo inútil para identificar o prevenir el abuso.

  1. El control es la raíz del abuso doméstico.

Llevo 16 años ejerciendo de abogado. Parte de mi trabajo es representar a las víctimas de violencia doméstica (en algunos casos, gratis). También he gestionado divorcios de matrimonios abusivos y casos de custodia.

Un concepto erróneo, pero muy común, sobre el abuso es que está vinculado a la ira. Así, el consejo popular ofrecido antaño a las mujeres maltratadas era que evitaran enojar a sus maridos. “¿Qué hiciste para provocarle?” Incluso hoy día, los jueces a menudo obligan a los maltratadores a hacer terapia para el control de la ira. Esas clases pueden ser beneficiosas, pero cuando abordamos la ira no estamos abordando el problema raíz.

La ira puede hacer que el abuso se intensifique, pero no es el detonante. El detonante es el control. Muchos maltratadores se enojan, pero ¿por qué? (Pista: no es porque su pareja le diera una patada al perro.) Los maltratadores se enojan cuando su necesidad de control se ve amenazada.

Además, es completamente posible maltratar sin manifestar ira. De hecho, los peores maltratadores que yo haya conocido nunca se enojaban. El hombre que – calmado y compuesto – pretende exigir el control absoluto es el más peligroso, porque puede mantener el equilibrio entre lo legal y lo ilegal, entre lo socialmente aceptable y lo intolerable. Puede siempre parecer buena gente, mientras serenamente destruye el alma de su víctima.

Por ello, y para poder abordar el abuso doméstico, tenemos que abordar el tema del control. En primer lugar, tenemos que entender claramente que el problema es el control, no la ira. Como consecuencia, debemos aprender a identificar los posibles maltratadores por su necesidad y demanda de control, no solo por su temperamento. (No es que sea bueno ser irascible. Pero la irascibilidad es solo una manifestación de la necesidad de controlar.)

Esto marcará una diferencia en cómo evaluamos a posibles parejas, por ejemplo, o en cómo aconsejamos a nuestros hijos en cuanto a cómo escoger pareja. (Más sobre esto un poco más adelante.) También cambiaría radicalmente la forma en que aconsejan los pastores  y otros líderes a las parejas. (Más sobre esto también más adelante.)

  • Los calificativos invalidan el resto del comunicado.

Examinemos los calificativos utilizados en el comunicado. Impío, abusivo, y egoísta. Estas palabras crean resquicios tan grandes que cualquier maltratador mínimamente competente debería poder justificar cualquier comportamiento.

Probemos la frase sin los calificativos:

“Un patrón de comportamiento entre cónyuges que implica medios físicos, psicológicos y/o emocionales para ejercer y conseguir poder y control sobre la pareja”.

Esa es una descripción mucho más acertada del abuso y la violencia doméstica.

Piénsalo. ¿Qué conseguimos con estos calificativos?

Conseguimos decir que no pasa nada que se utilicen medios físicos, psicológicos y/o emocionales para controlar a la pareja… siempre y cuando no se haga de manera impía. O siempre y cuando no se hace “abusivamente”, a saber lo que significa eso. O siempre y cuando se haga con fines “no egoístas”.

Si crees que un maltratador no puede justificar su control en base a lo que considera que es por el bien de la víctima, y en cumplimiento de la voluntad de Dios para con ella, eres realmente ingenuo. Por supuesto que lo hace por su bien, y por supuesto que goza de la bendición de Dios en lo que hace. ¡De cajón! Muy, muy poca gente cree estar actuando malvadamente cuando está actuando malvadamente.

¿Por qué no podía Coalición por el Evangelio sencillamente condenar el uso de “medios físicos, psicológicos y emocionales” para ejercer control sobre un cónyuge?

Porque destruiría el fundamento de su doctrina – que los varones tienen el derecho y la responsabilidad, otorgados por Dios, de controlar a las mujeres.

Hablando en plata, los “complementaristas[1]” llevan varias décadas enseñando que la visión clave que da la Biblia y la fe cristiana para las relaciones conyugales es que las mujeres deben someterse a los hombres. Enseñan que lo que va mal en la sociedad moderna es el Feminismo®, que arruina las relaciones entre los hombres y las mujeres diciéndoles a éstas que ya no tienen que obedecer a los hombres. Así, la “visión” clave para mejorar los matrimonios es simplemente que las mujeres deben obedecer a los hombres.

Siento decirlo, pero esta “visión” no tiene nada de original.

Al contrario, esta supuesta “visión” es algo que lleva practicando la humanidad en prácticamente cada sociedad pagana desde los albores de la historia. Se llama “patriarcado” y hasta muy recientemente, era como funcionaba la vida en todo el mundo. (Y, las cosas como son, sigue siendo como funciona la vida en muchas partes del mundo.)

No se basaba en ningún ideal benigno, sino sobre la creencia categórica de que el varón es moralmente, intelectualmente y espiritualmente superior a la mujer. Nadie se sentía obligado a decir lo contrario, porque todos lo creían así.

Esta no es la primera vez que una organización “complementarista” prestigiosa se afana buscando la manera de condenar el abuso sin prescindir del derecho al control. En el 2012, el Consejo de Masculinidad y Feminidad Bíblicas[2] hizo esta declaración:

“Entendemos el abuso como el uso cruel del poder o la autoridad en perjuicio emocional, físico o sexual de  otra persona”.

De nuevo, el calificativo cruel. ¿Están diciendo que se puede usar la autoridad en perjuicio de otra persona, siempre y cuando no sea “cruel”? La palabra perjuicio debería bastar como indicación. Otro bloguero sugirió esta alternativa:

“Un patrón de conducta concebido para obtener y mantener un control inicuo sobre otra persona”.

Yo daría un paso más y eliminaría el calificativo: “Un patrón de conducta concebido para obtener y mantener el control sobre otra persona”.

Si tu patrón de conducta está ideado para obtener y mantener el control sobre otra persona, eres un maltratador.

  • Si crees que la mujer tiene el deber, establecido por Dios, de obedecer al hombre, necesitarás un método de control.

Ni mucho menos soy el primero en plantear esta cuestión, y muchos de los que han influenciado mis pensamientos sobre el tema son muy conservadores en otros áreas. Lo que vengo a decir es que no se trata de un enfrentamiento entre liberales y conservadores.

Cuando dices que eres “complementarista”, ¿a qué te refieres exactamente? A menudo es complicado de definir. Bajo mi punto de vista, esto es debido a que, en general, la “complementariedad” se parece al patriarcado… y cuando no, tiene un parecido sospechoso al igualitarismo[3].

Dejando aparcado de momento la enseñanza de que el ámbito de la mujer es el doméstico, y no el laboral (que suele ser la otra doctrina de los “complementaristas” y el patriarcado), nos quedamos con una pregunta básica:

Dios exige que las mujeres obedezcan a los hombres: ¿Sí o no?

Si contestas que sí, entonces ¿cuál es la “solución” para una situación en la que una mujer no está dispuesta a hacer lo que le diga un hombre?

¿Y bien? ¿Tiene licencia para utilizar la “corrección” física para obligarle a obedecer? (La respuesta durante la mayor parte de la historia ha sido que sí, por cierto.) ¿Qué tal la coacción emocional o psicológica? (Retener el cariño, decirle que está pecando, llevarle a que el pastor le aleccione sobre su deber…) En algún momento, si ella no coopera, habría que aplicar alguna forma de presión “física, psicológica o emocional” ¿no?

De otra manera, nos  encontramos en un impasse. Ella no desea obedecer, y él está convencido de que está pecando al desobedecerle.

Sin medidas de control, no se puede “curar” la falta de sumisión.

Pero existe una alternativa posible. ¿Y si sencillamente se dejara de intentar conseguir la sumisión?

Kate Botkin escribió un interesante artículo en el que analiza el tema de la mutualidad en el contexto del consentimiento.

El consentimiento tiene el sentido de permitir algo que va en contra de tu propia prudencia. Si te “sometes” a alguien solo cuando estás de acuerdo, no es verdadera sumisión – es mutuo acuerdo. Si te “sometes” cuando discrepas porque eres una persona razonable y comprendes la necesidad de transigir, eso tampoco es sumisión. De ser así, las parejas igualitarias se “someten” constantemente el uno al otro. Así que el concepto de la “sumisión” solo entra en juego cuando una de las partes no quiere hacer algo.

Esta es precisamente la cuestión.  Yo tengo un matrimonio igualitario. Pero muchos matrimonios supuestamente “complementaristas” funcionan exactamente igual que el mío. Dicho de otra manera, corresponden a la descripción de Botkin: la pareja dialoga y llega a acuerdos. Ambos transigen. Ambos practican la gentileza como principio rector.

Comunicación. Transigencia. Gentileza.

Algunos describen esto como “sumisión mutua”, y supongo que está bien. Pero fuera de cierto contexto, no tiene mucho sentido. Para la gente normal de hoy día, lo que tiene sentido es la triada que he nombrado: comunicación, transigencia y gentileza.

El problema, por supuesto, es que esto es exactamente lo que podrías escuchar decir a cualquier consejero secular competente. Son cosas que los igualitarios hacemos en nuestros matrimonios. Y son completamente compatibles con el feminismo, el “coco” favorito de grupos como Coalición por el Evangelio.

El cristianismo conservador lleva décadas enseñando que el Feminismo® ha destruido a la familia, porque les ha dicho a las mujeres que no tienen que obedecer a sus maridos.

Estos grupos han convertido en dogma principal de su fe que los matrimonios cristianos deben ser diferentes, y que esa diferencia radica en la aceptación de roles de género y estructura jerárquica. De hecho, esto se ha convertido en una cuestión central de la fe.

Cuando eliminas la necesidad del control – convirtiendo el matrimonio en cuestión de comunicación, transigencia y gentileza – acabas con una visión de una unión entre iguales: algo que tanto los igualitarios como los feministas pueden aceptar.

Es por esto que Coalición por el Evangelio no puede condenar el abuso sin más .

Eso eliminaría el elemento del control, tan central para su visión del matrimonio y la fe cristiana.

  • Tener hijas me ha hecho preocuparme profundamente por esta cuestión.

Algunos se preguntan por qué he expresado tanta ira en contra del evangelicalismo durante este último año.

Este es uno de los motivos:

Cuando pienso en dónde aprenderán mis hijas la “lección” de someterse al abuso y el control, no son los ateos los que me asustan.

Seamos sinceros.

Quitando las fraternidades y los artistas de ligue, las voces que les dicen a mis hijas que es aceptable que un hombre controle a una mujer vienen de la cultura “tradicional” y la religión “tradicional”. Y la voz que tienen más probabilidades de oír es la del evangelicalismo, porque esa es nuestra tribu.

Me figuro que los chicos de las fraternidades y los artistas de ligue son fácilmente identificables como sinvergüenzas. Me figuro que no es muy probable que mis hijas se conviertan al Islam o al Mormonismo.

Pero sí me preocupa que asimilen estas enseñanzas en la iglesia.

El problema no es que todos los evangélicos sean maltratadores (claramente no es así) o que todos ellos enseñan la asignatura del control (no todos lo hacen).

El problema es que quienes enseñan que los hombres tienen el derecho y el deber de controlar a las mujeres se sienten tan condenadamente A GUSTO dentro del evangelicalismo.

Por eso se me ponen los nervios de punta cuando oigo declaraciones falsas como, “El cristianismo es responsable por la reducción de la violencia doméstica”. Ejem, no. Eso lo consiguió el feminismo. Algunas feministas eran cristianas, y otras no. Algunos cristianos lucharon en contra del feminismo y del esfuerzo de ilegalizar la violencia. Algunos cristianos se opusieron a la medida de posibilitar el divorcio para las víctimas del abuso doméstico. Y algunos siguen luchando en el bando equivocado respecto a estas cuestiones.

Ahora mismo, en este momento particular de la historia, aquí en los Estados Unidos, la fuerza más importante que se opone al proyecto de acabar con la violencia doméstica no son los ateos. Son las organizaciones evangélicas como Coalición por el Evangelio.

  • Lo que enseño a mis hijos.

Para empezar, esto:

Controlar está mal.

Punto pelota.

Si alguien intenta utilizar medios físicos, emocionales o psicológicos para controlarte, huye. Eso significa que si alguien empieza a decirte que Dios quiere que obedezcas a ésta o aquella persona, eso es una gran señal de alarma (maltratador, narcisista, y/o sociópata… o líder de una secta…).

Si en una relación se espera obediencia, tenemos un problema. Por eso creo que el asesoramiento prematrimonial debería abordar la resolución de conflictos, y procurar identificar problemas de control. El asesoramiento secular suele hacerlo. Pero el asesoramiento “cristiano” generalmente (en mi experiencia personal y profesional) simplemente se limita a aconsejar a la mujer respecto a su deber de “someterse” y al hombre respecto a su deber de “liderar”. Como mucho, al hombre se le recuerda su deber de “amar” a su esposa. Pero amar en este contexto fácilmente puede significar “obligarle a hacer lo mejor para ella”. Así, un sociópata controlador puede dársela con queso al “consejero”. Es igual que un complementarista ortodoxo.

Una conversación muy interesante que estoy escuchando en círculos cristianos gira en torno a qué tipo de pareja quiere la gente que encuentren sus hijos. Surge la manzana de la discordia cuando alguien dice: “Prefiero que mi hija se case con un incrédulo, con tal de que la trate bien”. A partir de ahí todos se ponen a discutir sobre si es permisible casarse fuera de la fe cristiana, y así sucesivamente.

Esta es una distracción. Lo que realmente se está expresando aquí es un temor legítimo de que existe un problema con los hombres maltratadores dentro de la tradición religiosa conservadora – incluido el evangelicalismo. Porque el evangelicalismo es uno de los muy pocos ambientes en nuestra cultura occidental moderna donde sigue siendo aceptable querer controlar a una mujer. Los maltratadores están muy a gusto entre nosotros.

De manera que sí, me preocupa lo que puedan escuchar mis hijos. Me preocupa también el no poder fiarme de que los demás miembros de nuestra tribu hayan sido enseñados que controlar nunca está bien. Incluso hombres por lo demás decentes pueden sentirse presionados a hacer de “líderes” en las relaciones, y mujeres por lo demás decentes pueden esperar un “liderazgo” por parte de sus maridos. Lo que me ha enseñado mi experiencia en el derecho familiar es que esto no es sano, y que muchas relaciones han naufragado basándose en esas expectativas.

  • Cómo debe cambiar la Iglesia.

En primer lugar, creo que la Iglesia necesita reconocer que el problema es el control. En segundo lugar, el asesoramiento que se le da a las parejas debe cambiar drásticamente. Yo ahora mismo, como he dicho otras veces públicamente, jamás en un millón de años recomendaría que una pareja buscara asesoramiento matrimonial de un pastor o una iglesia. Lo mejor, por supuesto, sería que encontrasen un profesional debidamente autorizado. Pero incluso hay veces que creo que recibirían mejores consejos abriendo la guía telefónica al azar y llamando al primer número que vean.

He visto demasiadas consecuencias de consejos horrorosos.

No es una exageración decir que mi primer enemigo en la lucha para proteger a las víctimas de la violencia doméstica es la iglesia evangélica americana.

Es allí donde se le dice a la víctima que vuelva y se “someta” y “obedezca” más, para evitar ser golpeada. Es allí donde se le dice que él “se ha arrepentido” y que debe perdonarle. (La clásica fase luna de miel.) Allí es donde se le dice que él tiene el derecho, incluso el deber, de controlarle – ah no, perdona, de “liderarle”.

En segundo lugar, la iglesia necesita trabajar en la identificación y destitución de personas controladoras. Desgraciadamente, esto significaría que muchos pastores tendrían que presentar sus dimisiones. No todos, claramente, pero demasiados. En cuanto alguien diga: “Dios dice que debes obedecerme”, se le debería de cesar.

Pero también significaría que tendríamos que expulsar a todos los narcisistas y sociópatas  de la iglesia – lugar donde se encuentran demasiado a gusto. (Reitero que los narcisistas y sociópatas con los que he tratado en mi trabajo habitualmente son miembros bien considerados en sus iglesias, o incluso son pastores. Observamos un patrón.) Sospecho que si los consejeros en la iglesia recibiesen entrenamiento psicológico, estarían mejor preparados para detectar a los maltratadores. Y si los maltratadores supieran que no iban a poder engañar a la gente en la iglesia, a lo mejor estarían menos a gusto en ella.

En tercer lugar, creo que la Iglesia necesita reconocer que en las relaciones abusivas, el objetivo debería ser proteger a la víctima, no impedir el divorcio. Cuando se trata de un verdadero maltratador, no creo que haya manera de reconstruir el matrimonio sin poner en compromiso a la víctima. En al menos 99% de los casos, no importa lo que se haga, no se va a crear una relación sana. Nunca he visto cambiar a un hombre porque su mujer se sometiera o se esforzara más. Sí he llegado a ver a un hombre – aunque raramente –  después de perderlo todo, hacer por fin un esfuerzo. Pero no sin antes perderlo todo.

En cuarto lugar, mientras que los maltratadores controladores son un grave problema, la doctrina que sostiene que las mujeres deben obedecer a los hombres también perjudica relaciones que de otra forma podrían ser sanas… Al convertir la resolución de conflictos conyugales en un asunto jerárquico, les negamos a ambas partes la oportunidad de buscar soluciones mutuas. Al estar predeterminado qué parte será la ganadora, no puede haber verdadera transigencia ni negociación.

Quizá sería de ayuda hacer un énfasis en la comunicación, la transigencia y la gentileza como medios para resolver los problemas matrimoniales. Desafortunadamente, han cobrado su precio las décadas de retórica sobre como el feminismo, el rechazo de roles de género y de estructuras jerárquicas es lo que causa los problemas maritales. Muchos de los que  se encuentran en matrimonios “funcionalmente igualitarios” son incapaces de soltar la manera tradicional de interpretar un texto – incluso cuando esas interpretaciones pertenecen a una era misógina, provenientes de personas descaradamente misóginas.

Mirémoslo así: se supone que la característica que más nos define como cristianos es nuestro amor mutuo. En la más íntima de las relaciones – el matrimonio – ¿no debería ser incluso más evidente? Si hemos de ser diferentes, seamos diferentes no por convertir nuestros matrimonios en jerarquías sino por ser más amantes como esposos.

Nuestro objetivo debería ser poder comunicarnos y transigir con la más exquisita gentileza, sin necesidad de controlar.


[1] Nota de la traductora: La “complementariedad” es “la ideología que reconoce la igualdad del valor del hombre y la mujer en la imagen de Dios, pero que también reconoce los papeles y las responsabilidades singulares que Dios ha dado a cada sexo: a los hombres se les encarga liderar, proteger y proveer; y a las mujeres se les encarga criar, cuidar y andar en sumisión a sus maridos. Un “complementarista” es alguien que suscribe a esa ideología. (http://cbmw.org/topics/manhood/post-1-complementarianism-isnt-that-where-someone-says-something-nice-about-you/, recuperado 15/03/2016).

[2] Council on Biblical Manhood and Womanhood, http://cbmw.org/

[3] Nota de la traductora: El “igualitarismo” cristiano sostiene que “Jesús, por sus formas y su enseñanza, abolió los roles clasificados por género tanto en la iglesia como en el matrimonio, cosa ratificada por el apóstol Pablo. Consecuentemente, esta ideología enseña que Dios llama a los creyentes a desempeñar roles y ministerios en la iglesia independientemente de su clase, género o etnia, y que todos tienen la misma responsabilidad de ejercer sus dones y obedecer su vocación para la gloria de Dios, sin limitaciones ni privilegios en función de género”. (http://www.theopedia.com/egalitarianism, recuperado 16/03/2016)

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Liderazgo 101

Intento no dejarme enredar en esos debates tipo agujero negro, los que arrancan con preguntas como: “¿Pueden los cristianos beber alcohol?” o “¿La iglesia necesita liderazgo femenino?”. Pero a veces cuando voy mirando la sección de noticias de Facebook me tropiezo con comentarios tan memorables que no puedo soslayarlos.

“Muchas mujeres” – leí una vez – “poseen las cualidades morales y espirituales para el liderazgo, pero por ser mujeres carecen de la cualidad biológica para liderar”.

Tómate tu tiempo desovillando eso.

Más abajo, alguien había escrito: “Incluso los hombres no son lo suficientemente autoritarios para ser buenos líderes”. Y ese, precisamente, es el problema. Pensar que el liderazgo en el reino de Dios es cuestión de estar al mando.

El Señor ya dejó claro en su momento que ni de lejos lo era. Les dijo a sus discípulos con bastante contundencia que el liderazgo entre sus seguidores no iba a parecerse al del mundo: un ejercicio de poder. Iba a ser un ejercicio de servicio y de entrega.

Y ese es un ejercicio al que están llamados TODOS los miembros del Cuerpo de Cristo.

¿Quién manda aquí?

¡La gran pregunta! Veréis, la semana pasada leí un artículo en Protestante Digital titulado La autoridad en la iglesia, de José Hutter. Empezando con esta cita,

Los evangélicos no tenemos un papa. Qué va. Tenemos centenares de miles.

Hutter censura el comportamiento dictador de muchos pastores y llama a una pluralidad en el liderazgo como algo fundamentalmente fiel al Nuevo Testamento, y que sirve además de parapeto contra el despotismo.

Pero si pensábais (como yo) que el autor iba a aprovechar el momento para desmontar los fundamentos del autoritarismo en la iglesia, os llevaréis una decepción.

Su reseña del objetivo del artículo reza así: “Simplemente voy a intentar resumir lo que el Nuevo Testamento a mi modo de entender nos tiene que decir sobre la cuestión: ¿Quién manda aquí?” 

Pero ese, precisamente, es el problema. Al insistir en definir la autoridad como cuestión de quién manda, nos mantenemos en un bucle de error que nos devuelve una y otra vez a situaciones de abuso. La solución para la tiranía de un único pastor no es la oligarquía de unos cuantos.

Antes de poder preguntar, como Hutter en su artículo, quién tiene la autoridad, tenemos que hacer otra pregunta más elemental: ¿qué es la autoridad?  Cuando buscamos la palabra en el diccionario, encontramos varias definiciones. La primera es precisamente la que tenemos en mente cuando nuestra preocupación es saber “quién manda”:

  1. Poder que gobierna o ejerce el mando, de hecho o de derecho.
    (Real Academia Española © Todos los derechos reservados)

Hay un contexto legítimo para esa clase de autoridad, por supuesto. Pero no es la iglesia. “Sabéis” – dijo el Señor – “que los gobernantes de los gentiles… ejercen autoridad sobre ellos. No ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera entre vosotros llegar a ser grande, será vuestro servidor” (Mateo 20:25-26). 

La clase de autoridad que está describiendo el Señor aquí, y que desarrollan los apóstoles más tarde en sus escritos, es otra. Volviendo al diccionario:

3. Prestigio y crédito que se reconoce a una persona o institución por su legitimidad o por su calidad y competencia en alguna materia.
(Real Academia Española © Todos los derechos reservados)

Reconocimiento (no gobierno) ganado (no impuesto) por calidad y competencia (no por nombramiento). Reflexionando sobre este tema, en su artículo, “Dos clases de líder“, Frank Viola buscó un término diferente para la palabra liderazgo y propuso influencia. Yo creo que dió en el blanco.

El liderazgo de una iglesia es su influencia, no su ejecutiva. Un líder es un referente y un mentor – no un jefe. Es quien tiene peso en la vida de otras personas por el ejemplo y el amor prodigado. Es alguien cuya experiencia, madurez y cariño le ganan el respeto de los demás.

Me parece a mí que ser líder en la iglesia es algo muchísimo más humilde de lo que solemos imaginar. En vez de preguntar: “¿Quién manda aquí?”, podríamos preguntar otras cosas mucho más importantes como: “¿Quién ama?” – “¿Quién sirve?” – “¿Quién tiene madurez?” – “¿Quién influye para bien en los demás?”

Por último, no hay que olvidar las palabras más recurridas del Nuevo Testamento para describir nuestros tratos en la iglesia. No son palabras pertinentes a una estructura vertical – una cadena de mando. Son palabras que expresan reciprocidad.

“Daos preferencia unos a otros
“Amaros unos a otros
“Amonestaros unos a otros
“Servíos por amor los unos a los otros
“Llevad los unos las cargas de los otros
“Someteos los unos a los otros

Os dejo con una cita del libro La iglesia reconfigurada:

El Nuevo Testamento exhorta que los cristianos den peso a los que trabajan incansablemente en el servicio espiritual. Esa estima es espontánea e instinctiva. Jamás debería ser absolutizada o formalizada.

La honra que recibe un creyente de la iglesia siempre se cosecha del servicio humilde. Nunca se exige ni se reivindica. Quienes son verdaderamente espirituales no se adjudican autoridad espiritual. Tampoco presumen de su labor espiritual ni de su madurez. La persona que se autodeclara como “ungido de Dios” – u otros auto elogios – simplemente demuestra una cosa: que no tiene autoridad. [1]

[1] Frank Viola, La iglesia reconfigurada (Editorial Vida, 2012).