Expondré mi queja

el dios que no entiendo

Este fue mi primer encuentro con Christopher Wright (¡no será el último!).  El alcance del libro me sorprendió; si el título me sugería que abordaría los temas del mal y el sufrimiento (y lo hizo), no esperaba que incluyera otros, como la cruz – evento que tampoco alcanzamos a entender.

Otro de los temas que trata, el que yo quería destacar, es la importancia del lamento. Solemos pensar que debemos aceptar todo con valor estoico, porque todo “viene del Señor”. Condenamos la queja como una falta de fe, o una falta de contentamiento. Sin embargo, como señala Christopher Wright:

“En la Biblia, la cual creemos que es la Palabra de Dios, de manera que lo que encontramos en ella es lo que Dios quiere que esté allí, hay muchos lamentos, protestas, disgustos y preguntas desconcertantes. El asunto que debemos notar (posiblemente para sorpresa nuestra) es que todo esto no lo lanzan a Dios sus enemigos sino personas que lo aman y confían más en él. Parece, de hecho, que son precisamente aquellos que tienen una relación más estrecha con Dios quienes se sienten con mayor libertad para derramar su dolor y protesta ante Dios sin temor al reproche. El lamento no solo se permite en la Biblia, sino que se modela para nosotros en abundancia…

Seguramente no puede ser accidental que en el libro divinamente inspirado de los Salmos haya más salmos de lamento y de angustia que de gozo y acción de gracias. Estas son palabras que de hecho Dios nos ha dado. Dios le ha otorgado un lugar prominente a este autorizado libro de cánticos. Necesitamos ambas formas de adoración en abundancia mientras vivimos en este mundo maravilloso y terrible.

Siento que el lenguaje del lamento está seriamente desatendido en la iglesia. Muchos cristianos parecen sentir de alguna manera que no puede ser correcto quejarse ante Dios en el contexto de la adoración colectiva, cuando todos deberíamos sentirnos felices. Hay una presión implícita para asfixiar nuestros sentimientos reales porque estamos urgidos, por piadosos mercaderes de la negación emocional, a tener “fe” (como si el salmista que se lamenta no la tuviera). Así que terminamos vociferando pretendidas emociones que no sentimos, mientras escondemos en lo profundo las emociones reales con las que luchamos. Ir a adorar se puede convertir en un ejercicio de fingimiento y disimulo, ninguno de los cuales puede conducir a un encuentro real con Dios. De tal modo que, como reacción a alguna espantosa tragedia o desastre, en lugar de gritar nuestros verdaderos sentimientos hacia Dios, preferimos otras maneras de responder a este.

“Todo es parte de la maldición de Dios sobre la tierra.”

“Es castigo de Dios.”

“Esto significa una advertencia.”

“Esto es en última instancia para nuestro bien.”

“Dios es soberano, así que tiene que hacerlo todo bien al final.”

Pero nuestros amigos que sufren en la Biblia no tomaron ese camino. Clamaron en dolor y protesta contra Dios… precisamente porque conocían a Dios. Su protesta nace del irritante contraste entre aquello que saben y lo que ven.” [1]

En este mundo disfuncional y desgarrador expresamos nuestra fe, no reprimiendo nuestro dolor, ni fingiendo contentamiento, ni buscándole el sentido a todo, sino llevando nuestro lamento ante el rostro de Dios – igual que los salmistas, profetas y demás santos que nos precedieron – hasta que despunte el Día de justicia. 

Derramad delante de él vuestro corazón (Salmo 62:8)

Echando toda vuestra ansiedad sobre él (1 Pedro 5:7)


[1] Christopher J. H. Wright, El Dios que no entiendo (Editorial Vida 2010), pp. 52-55

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