La iglesia y la atracción hacia el mismo sexo: Reseña

Por recomendación de un amigo, llevo unos días repasando un libro que se titula La iglesia y la atracción hacia el mismo sexo, por Ed Shaw, autor que ya conocía por su involucración en el ministerio Living Out y por su colaboración con Sam Allberry, a quien sigo en las redes sociales hace años.

Aunque la tesis que presenta Shaw no me es en absoluto desconocida – de hecho es la que yo misma siempre había abanderado por defecto – la sensación predominante que me ha dejado su lectura es de profunda tristeza. La elección personal de Shaw del celibato (prescriptivo también, según él, para todo cristiano gay o lesbiana), es evidente que le resulta una fuente de terrible sufrimiento, y es que realmente se te parte el alma leyendo sus confesiones (hay unos ejemplos citados en la reseña de Kathy Baldock, así que no voy a repetirlos aquí). Pero él razona que sufrir es bueno, que nos acerca más a Cristo, y así, con un esfuerzo de muchos párrafos (en los que le veo intentando convencerse y reafirmarse a sí mismo a la vez que a sus lectores) consigue entrar en una especie de euforia espiritual donde realmente llega a creer que “lo bueno es malo y lo malo bueno” (sufrir es mejor que ser feliz, “Dios siempre ha usado el sufrimiento para conseguir lo mejor para su pueblo”, “el camino de Jesús es el camino del sufrimiento”, hay más bendición para el cristiano que sufre, mi orientación sexual es una cruz que Jesús me pide que cargue, etc. etc., e incluso esta alucinante afirmación: “Si yo estuviese en el lugar de Dios…yo también me habría permitido experimentar la atracción hacía el mismo sexo por el bien que produciría en mí”) – y esta es literalmente la única forma en la que consigue resignarse al estilo de vida al que se cree obligado. No le culpo porque yo he hecho los mismos malabarismos mentales y emocionales durante casi toda mi vida… pero verlos escritos allí en blanco y negro resulta chocante, y me inunda la tristeza al pensar en toda esa energía mal dirigida y malgastada. No quiero entrar ahora, por no alargarme más, en lo problemático que me parece esa teología del ascetismo (¿masoquismo?), ni en el sobrentendido de que la homosexualidad es una cruz que cargar. Pero ahí queda para otra conversación.

Uno de los párrafos más desgarradores para mí fue este, donde Shaw describe uno de los muchos momentos de honda desesperación ante su continuado “fracaso”:

Como consecuencia, he seguido sintiendo que no estaba haciendo ningún progreso como cristiano al ver que todavía estaba luchando con los mismos malos deseos que cuando tenía dieciséis años. Entonces es cuando me ha parecido menos viable continuar como cristiano.

p. 91

Esta confesión de profunda desesperanza, arrancada del alma en momentos íntimos de cruda franqueza, me resulta muy familiar. Pero ahora la identifico, no como un proceso espiritual sano, sino la angustia provocada por un falso dilema: ser cristiano vs ser homosexual.

La realidad es esta: ningún cristiano gay o lesbiana va a ver jamás “progreso” en su vida respecto a sus “malos deseos”, por un sencillo motivo: la orientación sexual no se puede cambiar (lo mismo que no se puede escoger). Y Dios no te la cambia, ni te capacita para cambiarla, porque no forma parte de su programa de redención el cambiar cosas que no están estropeadas. Si eres un joven creyente gay o lesbiana, lo mejor es que afrontes esta realidad en cuanto antes, porque los estragos físicos, emocionales y espirituales de la enseñanza que propone Ed Shaw son muy duros y solamente empeoran con el tiempo.

Me llena de dolor, y también de rabia, pensar en las lágrimas de agotamiento, desmoralización y pánico espiritual que han vertido tantos cristianos – Ed Shaw entre ellos – gracias a estos terribles malentendidos respecto a la sexualidad, la salvación, y la vida cristiana.

Por supuesto, habría mucho más que comentar del libro, sobre todo entrando en los conceptos que él desarrolla de identidad, sexualidad, familia, sufrimiento, hermenéutica, discipulado cristiano y (en el apéndice) las críticas que hace de las obras de otros cristianos que piensan de manera diferente. Esta es sencillamente mi reacción más visceral.

¿Hay alguien digno?

En la mano derecha del que estaba sentado en el trono vi un rollo escrito por ambos lados y sellado con siete sellos.  También vi a un ángel poderoso que proclamaba a gran voz: «¿Quién es digno de romper los sellos y de abrir el rollo?»  Pero ni en el cielo ni en la tierra, ni debajo de la tierra, hubo nadie capaz de abrirlo ni de examinar su contenido.  Y lloraba yo mucho, porque no se había encontrado a nadie que fuera digno de abrir el rollo ni de examinar su contenido.  Uno de los ancianos me dijo: «¡Deja de llorar, que ya el León de la tribu de Judá, la Raíz de David, ha vencido! Él sí puede abrir el rollo y sus siete sellos».

 Entonces vi, en medio de los cuatro seres vivientes y del trono y los ancianos, a un Cordero que estaba de pie y parecía haber sido sacrificado. Tenía siete cuernos y siete ojos, que son los siete espíritus de Dios enviados por toda la tierra.  Se acercó y recibió el rollo de la mano derecha del que estaba sentado en el trono.

Apocalipsis 5.1-7 (CST)

“Este es el salón del trono del Dios Creador, y su mundo no es un mero retablo, un cuadro viviente para disfrutar. Es un proyecto. Tiene destino. Hay trabajo pendiente.

Particularmente, hay trabajo pendiente para rescatar la creación de los peligros mortíferos que se han afianzado en ella. Hay trabajo pendiente para derrocar los poderes que se la tienen jurada a la obra de Dios. Será una tarea terrible, que bien podríamos rehuir cualquiera de nosotros. Pero en todo caso, lo que hemos hecho ha sido empeorarla, formando parte del problema en vez de la solución.

Este es el meollo del desafío que lanza el ‘ángel poderoso’ del versículo 2. Dios, el creador, tiene un rollo en la mano derecha, como un arquitecto con el diseño de un edificio, o un general con una estrategia de campaña. El rollo está cerrado con siete sellos. Adivinamos, correctamente, que contiene el plan secreto de Dios para deshacer y derrocar los proyectos destructivos que ya han ganado tanto terreno en el mundo, y para plantar y nutrir en su lugar un proyecto de rescate que reencaminará a la creación. ¿Hay alguien ahí fuera que merece abrir este rollo? ¿Hay alguien que no haya contribuido de alguna manera a los problemas de la creación, al milenario despojo y destrozo del maravilloso mundo de Dios?

La respuesta de Juan demuestra que él, como los demás escritores del Nuevo Testamento, tenía una perspectiva realista del problema arraigado de la raza humana, así como (pareciere) de todas las demás criaturas (versículo 3). Nadie merece abrir el rollo.

Pero esto constituye un problema tremendo. Dios el creador se había comprometido, ahí en Génesis 1 y 2, a obrar en su creación a través de una humanidad obediente. El mundo fue diseñado para funcionar así. Si Dios dijera, ‘Los humanos han fracasado, así que tendré que hacer las cosas de otra manera’, tendría que deshacer la estructura de su buena creación y convertirla en un mundo totalmente diferente. Había que encontrar a alguien.

En la tradición de Israel había una respuesta: que Israel mismo fue llamado a ser la humanidad verdadera, a poner en marcha el plan de rescate de Dios. Es correcto. Sin embargo, aunque Juan no lo dice explícitamente, aquí encontramos el segundo nivel del problema. Israel también ha fracasado, ha defraudado a Dios. Dios parece afrontar, de nuevo, un dilema. Si dijera, ‘Israel no ha hecho lo que yo esperaba, así que tendré que editar esa parte de mi plan’, todo parecería una metedura de pata, como si hubiera andando dando tumbos de una idea fallida a otra. Dios hizo el mundo de tal manera que sus planes para él solamente pueden ser ejecutados por un ser humano. Ya que el pecado humano significa que esos planes necesitan una operación de rescate, Dios llamó a una familia humana para ser el medio de ese rescate. En otras palabras, Dios ha determinado operar en el mundo a través de los sereshumanos, y rescatar al mundo a través de Israel. Ambos le han fallado. ¿Qué hará ahora? ‘¿Alguien merece abrir el rollo?

’Llegados a este punto, podríamos unirnos a Juan en torrentes de lágrimas. ¿No hay nada que pueda hacerse? Pero ya se ha iniciado el plan para enjugar las lágrimas de todo ojo (7.17, 21.4). ‘No llores,’ dice uno de los ancianos. ‘¡Mira!’ dice. ‘Aquí está el que puede hacerlo.’ Y antes de mirar siquiera, sabemos quién es. Es el verdadero humano. Es el verdadero israelita. Es el Mesías.

Pero en la vision de Juan, nada se cuenta directamente, porque todo ha de contemplarse en su gloria multidimensional. A Juan se le invita a mirar al ‘León de la tribu de Judá, la Raíz de David’. Los ecos que retumban como truenos en las cavernas de nuestra memoria escritural evocan profecías y visiones. El Mesías vendría de la tribu de David, la tribu de Judá; Judá fue descrito en Génesis 49.9 como cachorro de león; esto fue retomado en escritos visionarios posteriores donde el Mesías aparece como un león para atacar al ‘águila’ del imperio romano (2 Esdras 11 y 12, de los apócrifos del Antiguo Testamento). Ningún judío del primer siglo obviaría esa referencia, ni dejaría de entender la frase, ‘la Raíz de David’, que, como en el 22.16, hace eco de la gran profecía mesiánica de Isaías 11.1-10. Tal y como esperaríamos del verdadero Mesías, se nos informa que no solo ‘merece’ abrir el rollo, sino que ‘ha vencido’. El Mesías – se creía – pelearía y ganaría la batalla decisiva contra el último y gran enemigo del pueblo de Dios, liberándole de una vez por todas. Bien, le dice el anciano a Juan, ¡lo ha hecho! ¡Aquí está!

Y aquí llegamos a uno de los momentos más decisivos de toda la escritura. Lo que Juan ha escuchado es el anuncio del León. Lo que ve es el Cordero. Ha de retener todo lo que ha escuchado en su mente al contemplar lo que ahora ve; y ha de retener todo lo que está viendo en su mente al reflexionar sobre lo que ha escuchado. Parecen dos cosas radicalmente diferentes. El león es símbolo tanto de poder absoluto como de realeza suprema, mientras que el cordero simboliza mansa vulnerabilidad y, a través de su sacrificio, la debilidad absoluta de la muerte. Pero ahora están fusionados, completamente y para siempre. Desde este momento en adelante, Juan, y nosotros sus lectores atentos, hemos de comprender que la victoria alcanzada por el león se llevó a cabo por el sacrificio del cordero, y que no pudo ser de ninguna otra manera. Pero también hemos de comprender que lo que ha sido efectuado por el sacrificio del cordero no es meramente la limpieza del pecado de unas cuantas personas. La victoria alcanzada por el cordero es la victoria leonina de Dios – a través de su Israel personificado, su humanidad obediente personificada – sobre todas las fuerzas de corrupción y muerte, sobre todo lo que quisiera destruir y obliterar su buena, poderosa y bella creación.”

N. T. Wright, Revelation for Everyone.

Traducción: Emily R. Knott.

Epifanía

Si nos propusiéramos describir a Dios, quizá escogeríamos palabras como sublime, todopoderoso o santo. Otros sin duda optarían por palabras como ausente, arbitrario o ficticio. En cualquier caso, las que seguramente nadie asociaría con la divinidad serían palabras como vulnerabilidad, abatimiento o dolor.

Y sin embargo en estas fechas la tradición cristiana celebra precisamente eso. Un Dios materializado en carne y hueso. Un Creador presente como criatura. Experimentando con nosotros las visicitudes, las limitaciones, el duelo humano.

Cuando el profeta Isaías ahondó su vista en las nieblas del futuro para ver algo del gran evento, retrató así al Mesías: “Varón de dolores y experimentado en aflicción…ciertamente El llevó nuestras enfermedades, y cargó con nuestros dolores”.

¡Feliz domingo de Epifanía a todos! Y si no eres creyente, ten cuidado porque nunca se sabe de lo que es capaz un Dios tan involucrado y tan desconcertante, cualquier día de estos te sorprende y te conquista el corazón 🙂

“La Navidad: Segundo acto”

Extracto del artículo original:

Lo emocionante de la Navidad es que sucede a la mitad de la historia: ni es el principio ni es el final. “Ocurre en el clímax de la historia de la redención” (Larry R. Helyer). “La guerra no había terminado, ni mucho menos, pero la batalla decisiva se libró cuando Dios entró en acción en la persona de su Hijo eterno”.

La estrategia del Creador rebosa de sorpresas. En lugar de alzarse en armas en contra de los rebeldes, como cabría esperar, se alza en armas por ellos. Podría haberles arrollado con su vasto poder en una campaña de terror y pasmo; podría haberles intimidado con amenazas de castigo, o podría haber apelado a sus sentimientos de codicia o egoísmo – la misma vieja historia de las estrategias de poder del mundo. Sin embargo, no hizo nada de eso. Tenía la mira puesta en algo más radical que el acatamiento de un juego de normas. Su objetivo era cambiar a la humanidad desde dentro.

Con ese fin, el Creador vivió entre los seres humanos como otro ser humano, ejemplificando la vida que él hace posible y enseñándoles cómo vivirla. Pero necesitaban algo más que enseñanza. Necesitaban la clase de vida que habían perdido y que ni siquiera echaban en falta. Para hacer posible que la recibieran, el Creador habría de dar su propia vida por ellos. Lo hizo muriendo y volviendo a la vida. Este es el clímax de la historia, que encontramos narrada en los Evangelios del Nuevo Testamento.

Este es el punto álgido, pero no es el desenlace… La historia sigue, y se sigue escribiendo… Experimentamos un cambio de paradigma cuando nos damos cuenta de que la historia desarrollada en Belén continúa en Madrid y Dakar y Mumbai, solo que en puntos diferentes de la trama. Si aislamos la Navidad de sus precuelas y secuelas, las personas en la historia pierden su identidad como discípulos compañeros nuestros. Dejan de ser como nosotros y, por lo tanto, dejan de ser ejemplos. Se convierten en extras, cameos y actores.

Resulta inesperado y un poco desconcertante darnos cuenta de que formamos parte de la misma historia que María, solo que más adelante en la trama. Lo que le pasó a ella, a José, a los pastores y a los magos es parte de nuestra historia. Nos hace falta tener la misma fe en Dios, el mismo valor ante el peligro, y la misma entereza en días turbulentos que ellos. Nuestra historia es una emocionante secuela a la suya, pero no es el último episodio. Ese aún queda por delante, cuando el rey que vino regresará; no como bebé esta vez, sino como vencedor. O, como lo expresó el autor de Hebreos: “no para cargar con el pecado, sino para salvar” (Heb. 9:28).

A través de la maravilla de la gracia, estamos unidos a los héroes de la fe – Abraham y Moisés, David y Jeremías, María y José, Pablo y Timoteo, y muchos otros que aún no conocemos pero que han desempeñado papeles en esta historia que sigue en curso. Nosotros también tenemos papeles que desempeñar, caracterizados por la misma confusión y resolución – y gloria – que ellos conocieron. Y todo por esa invasión sobrecogedora, cuando Dios se unió a nosotros, vivaqueado en pañales y escondido en un pesebre.

El resto del artículo, para los angloparlantes, se encuentra aquí: https://www.christianitytoday.com/ct/2018/december-web-only/christmas-act-2-bible-context-prequels-sequels.html

“Yo hago nuevas todas las cosas”

De momento, el mundo se presenta como un lugar de sufrimiento y dolor, así como de poder y belleza. Pero Dios lo está reclamando. De eso trataba la muerte y resurrección de Jesús. Y somos llamados a ser parte de esa reclamación. Un día, toda la creación será rescatada de la esclavitud, de la corrupción, de la descomposición y la muerte que desfigura su belleza, destruye sus relaciones, le quita el sentir de la presencia de Dios y la convierte en un lugar de injusticia, violencia y brutalidad. Este es el mensaje de rescate, de ‘salvación’, existente en el corazón de unos de los mayores capítulos jamás escritos por Pablo, el octavo de su Epístola a los Romanos.

¿Qué significa, pues, decir que este futuro ha empezado a llegar en el presente? Lo que Pablo quiere decir es que los que siguen a Jesús, los que creen realmente que él es el verdadero Señor del mundo, que resucitó de los muertos, han recibido el Espíritu Santo como anticipo de lo que será ese nuevo mundo. Si alguno está ‘en el Mesías’ (una de las formas favoritas de Pablo para describir a los que pertenecen a Jesús), lo que tienen y lo que son es… ¡nueva creación (2Co5:17)! Su propio yo humano, su personalidad, su cuerpo, está siendo reclamado, así que, en vez de ser una simple parte de la vieja creación, que es un lugar de lamento e injusticia y, en definitiva, la desgracia de la muerte misma, puedes ser parte de la nueva creación por anticipado y el medio por el cual ella empieza a producirse aquí y ahora. [1]

[1] N. T. Wright, Simplemente cristiano
(Editorial Vida – 2012)