En proceso

Al despedirnos de un año para iniciar otro, es casi inevitable entretener algún pensamiento existencial. El calendario sigue avanzando, nuestras vidas se siguen desplegando, seguimos aproximándonos a la culminación.

Hay muchas maneras de clasificar una vida. Se puede hacer desde la perspectiva de logros profesionales, o de esfuerzos ideológicos. Se puede hacer midiendo la felicidad personal alcanzada, el amor encontrado, o las sensaciones acumuladas.

Pero existe una clasificación mucho más primordial. Se trata de rumbo. Hacia qué, hacia dónde, nos dirigimos.

El apóstol Pablo, uno de los grandes pensadores del primer siglo, prescindió de cualquier otro criterio y dividió la humanidad en dos únicos grupos: los que se están perdiendo, y los que se están salvando.

Esto puede parecer demasiado severo, incluso reduccionista. Pero lo cierto es que, en el sentido más básico, todos estamos “en proceso”, en camino hacia alguna meta.

Impone considerar la posibilidad de que con cada paso terrenal – proyectos realizados, idilios, retos afrontados, experiencias inolvidables – nos podamos estar esencialmente atrofiando, disipando, perdiendo.

O por lo contrario – y a pesar de desventajas, perplejidades, reveses y hasta intenso sufrimiento – que sea posible estar salvándonos, progresando hacia gloria.

Todo depende de hacia dónde nos dirigimos.

Por eso Dios nos llama a todos en algún momento a aquello que suena tan rancio y anticuado – el arrepentimiento. Porque arrepentirse es exactamente eso: cambiar de dirección. Reorientarnos.

Sin duda es más atractivo escuchar la voz de la sabiduría popular, que nos recomienda seguir siempre al corazón. El problema es que el corazón puede llegar a ser muy mala brújula, y a veces toca ignorarlo para responder a un llamado superior.

Que Dios nos dé la perspicacia y el valor en este año 2020 para escucharle a él por encima del corazón; y si nos llama a ello, a cambiar de rumbo.

Pensando críticamente

Pensar de manera crítica es un ejercicio vital para el crecimiento personal y el impedimento del abuso espiritual. Pero nadie lo trae de serie; es algo que tenemos que aprender y cultivar.

A continuación os ofrezco un extracto del artículo, “Una perspectiva bíblica sobre la autoridad espiritual y el pensamiento crítico” (por Steven Smith), que bien podría servirnos de lista de resoluciones para el año nuevo:

“¿Cómo puede un cristiano desarrollar la habilidad del pensamiento crítico? Os propongo diez pasos que me gustaría haber seguido:

  • Orar pidiendo el Espíritu de sabiduría (Santiago 1:5-8)
  • Buscar encuentros con personas y perspectivas diversas. Viajar. Escuchar mensajes de otros predicadores y maestros. Cultivar amistades fuera del círculo de nuestra iglesia local.
  • La serie de Zondervan, Counterpoint (Contrapuntos), ofrece una forma excelente de estudiar cuestiones teológicas peliagudas. Un académico en representación de cada posición principal presenta sus argumentos sobre un tema específico, y otros académicos interaccionan con su tesis.
  • Aprender a dialogar en lugar de bloquearnos ante el primer indicio de una diferencia.
  • Educarnos sobre el mundo en general. Leer periódicos extranjeros. Suscribir a un blog (o a diez). Pensar ‘fuera de la caja’.
  • Aprender a pensar es como entrenar para un evento atlético. Hay que encontrar ‘entrenadores’ que nos estiren, nos tonifiquen, nos ejerciten. A mí, Ravi Zacharias siempre me ayuda a pensar con más claridad (su página web está aquí).
  • No idolatrar a ningún hombre ni mujer. Respectar y admirar sí, pero no colocar a nadie en un pedestal excepto Dios.
  • Hacer teología en comunidad. Por supuesto, conversar sobre temas espirituales en nuestra propia iglesia local, pero también entablar conversaciones con la Iglesia universal y la Iglesia histórica. Existen (y han existido) cristianos sabios por todo el mundo con pensamientos buenos sobre Dios, otras personas, y sí mismos.
  • Abrazar el misterio y extender gracia para el ‘gris’ de los asuntos discutibles. No toda cuestión teológica es crucial para la salvación. En serio. Como dice uno de mis profesores de seminario, el cielo será como el papel roto: se rompe de manera desigual. Nos sorprenderá descubrir quién consiguió entrar… y aún más quién está ausente.
  • Relajarnos. Disfrutar siendo parte del Cuerpo de Cristo, y ser lo suficientemente humildes como para recibir de otras personas, incluso de las que no pertenecen a nuestra iglesia o denominación. Si el templo de Salomón no podía contener toda la presencia de Dios, tampoco lo puede nuestra pequeña iglesia.”

Kairos

El tiempo se acaba.

En lo que resta, los que están casados vivan como si no lo estuvieran; los que lloran, como si no lloraran; los que están alegres como si no lo estuvieran; los que compran, como si no fuera suyo lo comprado; los que disfrutan de este mundo, como si no disfrutaran.

Porque el orden natural de este mundo está en trance de acabar.

1 Corintios 7:29-31, BLP

El tiempo – no el que marca el reloj o el calendario (cronos), sino el que marca un momento único de oportunidad (kairos) – se acaba.

El orden natural de este mundo también.

Estas dos realidades configuran nuestra existencia – no para convertirnos en ascetas (¡ni mucho menos!), sino visionarios.

En su comentario sobre 1 Corintios, Gordon D. Fee dice lo siguiente:

‘Pablo no defiende ni el “distanciamiento” estoico del mundo ni la “huida” apocalíptica del mundo. Lo que está exigiendo es una nueva postura radical hacia el mundo, basada en el evento salvífico de Cristo que ha definido nuestra existencia de manera completamente inédita.

Así como en Cristo el esclavo es libre, y el libre es esclavo (vv.22-23) ya que nuestra existencia la determina Dios, no es que ahora vivamos como “desconectados” del mundo (a fin de cuentas, Pablo da por hecho que los corintios seguirán haciendo estas cinco cosas) sino como totalmente libres de su control. Así pues, vivimos en el mundo igual que los demás: casados, llorando, alegrándonos, comprando, haciendo uso de él – pero nada de ello condiciona nuestra vida. Al cristiano le define la eternidad; por lo tanto, él o ella no está bajo el poder dominante de aquellas cosas que dictan la existencia de los demás.’

¡Que Dios nos ayude a vivir este Kairos con gozo y perspectiva!

La deuda del honor

“Honrad a todos” (1 Pedro 2:17). “Honra a tu padre y a tu madre” (Éxodo 20:12). Estos dos mandamientos generales instruyen nuestras relaciones entre unos y otros como pueblo de Dios durante esta vida.

Para ponerlos en práctica, sin embargo, debemos comprender qué es lo que se nos llama a hacer. Debemos saber qué es honrar, y qué no lo es. Debemos, además, determinar si existe alguna excepción a estas dos reglas. Así evitaremos ser presa fácil de exigencias injustas, o vivir atrapados en relaciones malsanas.

Lo que significa

Honrar es una palabra que en hebreo (kabad), y en griego (timṓ), significa valorar, respetar, y dar peso. Se ha traducido en ocasiones también como “tratar honorablemente”, “mostrar respeto”, “tratar con dignidad” y “estimar”.

Fundamentalmente, toda persona sin excepción merece ser tratada con dignidad por su identidad como ser humano. Nos debemos honra unos a otros como compañeros de la raza humana. En este sentido todos somos iguales, indistintamente de edad o rango social (aún menos etnia o género).

Los padres, en particular, merecen ser valorados por el papel único que juegan en nuestras vidas. Les debemos, en resumen, todo. Nos dieron la bienvenida a este mundo, nos quisieron con locura, atendieron a nuestras necesidades, y se esforzaron en formarnos como personas buenas y felices. El vínculo que nos une es sagrado. El honor que les debemos se puede expresar de muchas maneras, entre ellas atender a sus necesidades a medida que se hacen mayores. De hecho, así precisamente fue como Jesús definió honrar a los padres en la única ocasión registrada que habló sobre el quinto mandamiento.

Lo que NO significa

No es sinónimo de obediencia. Como alguien observó, si fuera así, las palabras serían intercambiables en las Escrituras[1]. Un análisis breve basta para demostrar que no lo son. El empeño por fusionar los dos conceptos es sencillamente insostenible. Si bien es cierto que en algunos contextos el honor se expresa mediante la obediencia, como en el caso de los niños (que están en etapa de crianza) hacia los padres, no es cierto que para honrar es imprescindible obedecer.

El muy recurrido Efesios 6:1 – “Hijos, obedeced a vuestros padres en el Señor” – no es una traducción alternativa de Éxodo 20:12, sino la versión adaptada para niños, precisamente porque están siendo preparados para la adultez (el contexto lo confirma, véase v. 4). Este, de hecho, es el propósito de la obediencia. Es un medio para alcanzar un fin, no un fin en sí mismo. El objetivo es la transición a sui juris, el lanzamiento de una persona en pleno derecho. Los padres (o líderes espirituales) que busquen mantener a los hijos en una perpetua tutela, poniendo como meta la obediencia en vez de la madurez, delatan una agenda egoísta y profana: PODER Y CONTROL.

No supone una cadena de mando. Honrar a alguien no significa que esa persona está al mando y que a ti te toca “mantenerte en tu sitio”. No significa estar bajo obligación de rendirle cuentas, buscar su autorización ni acatar sus órdenes.

No significa prescindir de nuestras facultades críticas. Hay quien le gustaría hacernos creer que cualquier crítica de sus actitudes o métodos constituye una deshonra a su persona. Es falso. La transigencia incondicional no es honrar, es malcriar. Además, facilita el comportamiento de personas dominantes y abusivas.

Excepciones

¿Existen? Creo que cualquier escrutinio sincero de la vida real nos obliga a aceptar que sí, tristemente, existen ciertas excepciones. Solo las personas más inconscientes podrían opinar lo contrario. Sin duda hay personas, sin duda hay padres, imposibles de honrar de manera auténtica más allá del respeto básico que debemos a cualquier persona.

Aquellas personas que han infligido profundo dolor y daño emocional y/o físico duradero (mil veces más atroz cuando se inflige a quien está bajo su cuidado), y cuya autosatisfacción excluye cualquier posibilidad de cambio. Personas que envenenan los ambientes que controlan con su pedantería, imposiciones constantes y comportamiento destructivo. Personas que, a la vez que exigen honra para sí mismas, deshonran sistemáticamente a los demás.

Quizá la única honra que podemos ofrecer en tales casos sea la de retirarnos de su esfera de influencia y orar pidiendo futura restauración y reconciliación.

Conclusión

Que Dios nos dé sabiduría para discernir entre la honra verdadera y la falsa, y que la verdadera honra adorne todos nuestros tratos unos con otros.

 

[1] http://www.recoveringgrace.org/2011/09/honor-vs-obey/

Señales de vida

Migas, alborotos de risas y correteos, huellas en las ventanas y manchas en el suelo, pañuelos abandonados, vasos rotos, paredes pintadas y abrigos sin recoger : todas son señales de vida.

Confieso que a veces me siento frustrada porque la casa no está tan ordenada ni todo está tan controlado como a mí me gustaría. Pero entonces me toca recordar uno de los refranes de Salomón:

Donde no hay bueyes, el pesebre está limpio,
pero mucho rendimiento se obtiene por la fuerza del buey.|Proverbios 14:4, LBLA

El caso es que puedes tener un pesebre limpio y pulcro, si no tienes bueyes. Pero te pierdes el gran rendimiento que puede ofrecer el buey. Por la misma regla, puedes tener una casa siempre limpia y organizada, si no tienes familia. O es más, una capilla con los himnarios y los bancos siempre colocados, que nunca retumba con gritos, llantos, balonazos ni tonos de móvil. ¡Pero a qué precio! Prescindir de esas (a veces molestas) señales de vida sería prescindir de lo más importante.

A veces tenemos que hacer un alto y preguntarnos qué es lo que queremos de verdad: ¿El pesebre limpio? ¿La casa perfecta? ¿La capilla impecable? ¿O el rendimiento de la fuerza del buey – las satisfacciones de la familia – las recompensas de la comunión, con todos sus “efectos colaterales”?